
A las 10:29 registré mi llegada a la cima.
45 minutos desde el final de la colina de la miseria.
El día estaba inmejorable. Ni una nube, nada de viento; pero tampoco habían personas en la cima, de modo que las fotos que me tomé ahí fueron un par de selfies.

Firmé el registro, tal como lo había hecho otras 5 veces. La calcomanía de mi bandera que yo hice y puse en esa cajita hace varios años, todavía estaba ahí, para total y absoluto orgullo mío.

Comencé el descenso unos 15 o 20 minutos después.
Apareció un problema: Hasta ese momento no sabía yo que había dejado mis gafas de montañismo en algún lado. No recordaba si en la carpa o en el carro. El problema era que en una de mis subidas hace unos años, el reflejo de los rayos del sol en la nieve me quemó las retinas al punto que me ardían de manera insoportable. En aquella ocasión pude regresar al carro limpiándome constantemente mis ojos con una pañoleta. Al llegar al pueblo fui de una a una droguería a comprar gotas que me limpiaran los ojos y me calmaran el ardor. Ese malestar duró solo un par de días, pero ahora en este viaje, esa experiencia estaba rondando mi cabeza. Afortunadamente, a diferencia de aquella vez, los protectores de viento que traía conmigo, que son como unas gafas para esquiar, tenían algo de polarización; las que tenía en esa otra ocasión eran transparentes. Igual, puse mi mano bloqueando el sol todo lo que pude.
Primer sitio que me presentó dificultad: Al final del pequeño valle, yendo hacia la parte alta de la colina de la miseria, terminé yéndome por una parte corta, elevada y escabrosa. Tuve que escalar, literalmente, aunque fueron solo cinco o seis pasos. Después si, el comienzo de la bajada de la colina de la miseria.
En estas montañas las bajadas son, generalmente, una cosa muy divertida porque uno se sienta y se desliza como si estuviera en un tobogán. Sin embargo, hay ciertos factores que hacen la diferencia: El primero es el estado de la nieve. Si está muy suave no se puede uno deslizar. Si está muy dura se vuelve algo peligroso para frenar. El tamaño del morral también puede evitar o facilitar la deslizada; afortunadamente, a esa altura tenía yo mi morral pequeño para la cima, así que eso no fue factor negativo para nada. Por último, es aconsejable no tener los crampones puestos cuando uno se desliza en le nieve, porque los garfios se pueden clavar en la nieve y hacerle perder el control a uno.
Esta acción de deslizarse en la nieve en montañas como esta se llama “Glissading”, en inglés.
En la primera parte de la colina de la miseria no se podía uno deslizar, pues habían muchas rocas en el camino que se podían ver; sin embargo, como a un tercio de distancia ya veía yo la nieve limpia. En esta mini-seccion crucé con un grupo de personas que iban de subida. Un poco más adelante me vi con otro de ese grupo que había decidido quedarse atrás y esperarlos. El hombre me preguntó de una si a mí se me había perdido un guante! Simplemente increíble que en dos viajes míos seguidos a esta montaña me hubiera pasado algo igual, que hubiera yo botado algo, y que después alguien diera conmigo para darme eso. Pues recuperé el guante que había perdido en la madrugada; seguí mi camino.
La siguiente sección estaba limpia, sin piedras visibles, así que me senté e intenté hacer la deslizada. Me funcionó de maravillas! Era muy fácil controlar la velocidad con mis talones y la pica.
Pronto llegué al final bajo de la colina de la miseria. Esa parte se llama ‘Los Bancos Rojos’, y fueron esas formaciones las que no ubiqué en la oscuridad de la madrugada.
Seguí sentado, deslizándome, para atravesar esas rocas. Esa muy pequeña distancia fue bien fea y miedosa, pues no era una ruta super clara, y era bastante empinada, Igual pude bajarla sentado tratando de controlar al máximo lo que estaba haciendo, usando la pica y mis talones.
La siguiente sección es la bajada principal que le da el nombre a esta ruta, ‘Avalanche Gulch’ (Barranco Avalancha).
Normalmente, a mí no me ha gustado hacer ‘glissading’ en esta sección por encontrarla muy empinada. Me parece muy peligrosa porque no es muy claro para mí qué se hace si se pierde el control de la velocidad. Es la parte de esta ruta donde han ocurrido la mayoría de los accidentes.
Sin embargo, el éxito que había tenido hasta ese momento deslizándome desde la colina de la miseria, me hizo no tener duda en seguir haciendo lo mismo.
Al comienzo me funcionó a la perfección, pero más adelante la nieve estuvo un poco más suave, y comenzó a ser más mi esfuerzo por empujarme y darme impulso que lo que estaba avanzando.
Entonces me puse de pie y comencé a dar pasos. Problema: La nieve estaba muy suave para deslizarme, pero no lo suficientemente suave para que mis botas dieran pisadas firmes. Me tocó sacar mis crampones y montarlos en las botas. Este proceso toma casi 5 minutos, entonces uno trata de evitar hacerlo, o al menos hacer proyección leyendo el terreno para hacer estas paradas ‘de equipamiento’ de la forma más eficiente posible.
Con los crampones puestos, comencé a caminar hacia abajo. Distinta la historia caminando así: mucho más seguro, más firme, más confiado.