Mount Shasta, Febrero 6 del 22, Tercera parte

Mi carpa en Helen Lake

Paso a paso. Los años que llevo haciendo esto me han dado esa frase como el componente más fundamental para llegar a la meta, para coronar la cima. Paso a paso.

Iba despacio; sabía lo que tenía al frente, que era la sección absolutamente más difícil de toda la ruta.

Las personas al lado de mi carpa, nada que arrancaban. Ya habían pasado unos 40 minutos. Yo seguía mi ascenso. Pasito a pasito; suave, suavecito; poquito a poquito…

La subida desde donde acampé hasta la cima es hecha usando la pica. La utilidad de ese instrumento es más por cuestión preventiva que por ayuda para el ascenso, a pesar de que si, que también ayuda en ciertos momentos en la subida, pues uno la clava en la nieve dura, y la usa como ancla para uno empujarse hacia arriba. Sin embargo, su mayor utilidad es por prevención, como lo dije primero, pues en la nieve dura de esas alturas y temperaturas, es relativamente fácil perder la fricción en un paso y deslizarse. Cuando eso pasa, la pica es el elemento que lo puede salvar a uno, si uno ha estudiado y sabe cómo usarla para frenar la deslizada.

Una de las desventajas de este viaje fue que como no habían subido muchas personas antes que yo, el camino no estaba claramente demarcado por huellas; entonces el zigzag tradicional de esta sección era inexistente en este fin de semana en particular. Esto provocó que yo subiera la peor sección en línea recta. Ventaja: Menos distancia caminada. Desventaja: Más tiempo de caminata porque hay que hacerlo más despacio, y hay que parar a descansar más veces.

Igual seguía con la idea de la canción, “pasito a pasito”.

En una de esas paradas me quite uno de los guantes para tratar de usar mi teléfono. En esa subida uno lleva dos pares de guantes puestos. Así es el frio.

Pues mucho más adelante me di cuenta que había dejado ese guante allá. Esto hizo que caminara por ciertos segmentos con la pica en mi mano izquierda, y mi mano derecha dentro del bolsillo de mi chaqueta.

En un momento dado pude ver las luces de las personas de donde yo había acampado, moviéndose en el ascenso. Yo continuaba. La noche seguía siendo bastante oscura. Mi linterna de cabeza alumbraba muy bien el suelo y alguna distancia delante de mí, pero no era realmente posible con esa oscuridad notar las figuras geográficas que conozco en esa zona, y que uno usa como guía para saber a ciencia cierta que uno anda por donde debe.

Habían huellas, pero no eran abundantes y eran más bien tenues. En un momento dado no me dieron claridad en cuanto hacia donde seguir. Observé con mi linterna prendida y también con la vaina apagada. Me decidí por un rumbo que seguía la dirección general que necesitaba (hacia arriba, obvio), pero resultó llevándome a un callejón sin salida. La única opción que tuve en ese momento fue la de devolverme no sé qué distancia; pero a esa altura, cien metros cuestan tiempo y esfuerzo. Igual, nada que hacer; la única opción era retroceder un poco.

En ese momento mi panorama era más o menos así: Sabia que eventualmente me tendría que mover a mi derecha y hacia arriba. Tenía una formación rocosa y grandecita a mi derecha, sin sitios muy claros por donde pudiera yo atravesar ese obstáculo. Al frente mío, nieve. Empecé a bajar lentamente. Vi una especie de grieta, o mejor, un espacio en ese obstáculo rocoso a mi derecha que se veía como si de pronto lo pudiera subir. Me acerqué y vi que quizás lo podría escalar usando manos y pies. Intenté dos pasos, pero como tenía puestos los crampones, se me hacía bastante riesgoso seguir en esas. Esos crampones son fantásticos en la nieve, pero para escalar roca desnuda… no se. No quise correr el riesgo.

La acción de retroceder esos dos pasitos que había dado no fue fácil, pero pues se logró. A seguir descendiendo con cuidado un poquito hasta el comienzo (o final, depende de cómo se mire) de esa roca, para darle la vuelta y comenzar otra vez a subir.

No tomó mucho tiempo llegar a ese punto. Al reiniciar la ascensión, vi una entrada viable en la nueva pared delante de mí.

Fue positivo que hacía rato ya tenía luz de día. (Coincidencia con mi narración: ‘Luz de Dia’ es el nombre de una canción de los Enanitos Verdes que me gusta mucho)

La sección que sigue se llama ‘La Colina de la Miseria’ y, oh, que bueno y apropiado es ese nombre.

Se supone que la sección más difícil es la que había acabado de coronar; pero esta vaina que sigue es prácticamente igual en lo empinada y lo larga.

Con la embolatada mía en esa última sección, perdí el rastro de los que venían detrás de mí. En la siguiente sección, la de la “miseria”, uno puede ver una distancia considerable delante de uno. No vi a nadie. Eso me hizo pensar que de pronto se habían mareado y se habían regresado. Yo seguía, como desde que comencé, paso a paso. No veía en absoluto ninguna justificación para no seguir adelante.

…pero lo que tenía delante de mí… Uf, esa cosa se veía peor que la anterior. Se que no fue más que un lapso mental del momento porque no era peor que la sección que acababa de subir. Lo que sí era, era casi igual de inclinada, y casi lo mismo de larga. Desde la carpa hasta el punto donde estaba en este momento son un poco menos de 5.000 pies (como kilómetro y medio) de distancia, con una diferencia de elevación de 2.300 pies, que son 703 metros. Lo que esto significa es que en esa distancia de menos de 2 kilómetros, la pendiente es de promedio de 28 grados.

La siguiente sección, desde el punto de vista meramente matemático, era un poco mejor: 2.450 pies de distancia (747 metros), con una diferencia de altura de 1076 pies (328 metros), o sea, es un triángulo levemente menos inclinado (26 grados promedio).

En absoluto es una sección complicada. El complique es el cansancio que uno lleva, y la altura que triplica el esfuerzo físico. Por otro lado, el aspecto mental se convierte en la motivación más fuerte en ese momento porque después de todo lo que uno ha hecho hasta ese instante, y sabiendo lo relativamente poco que falta, uno prácticamente elimina cualquier posibilidad de devolverse.

Llegué al final de la colina de la miseria a las 9:45 de la mañana, o sea, 7 horas después de haber comenzado. Normalmente ese es el tiempo que toma subir hasta la cima desde donde había puesto mi carpa, caminando despacio.

Lo que sigue es un baño de frescura para la mente: Un corto valle con una subida al final, corta e intimidante, y después el ascenso final a la cima, que si es algo “peludo”.

Nada, manos a la obra. En ese punto ya está uno a una altura de 13.600 pies; le quedan faltando 560 pies de ascensión, que se cubren en una distancia de 2.000 pies.

Hacía rato iba escuchando una lista de música que tengo en mi teléfono, de música clásica de un compositor alemán, Richard Strauss. Tenia un par de motivos muy específicos para ir oyendo esa lista: Uno, que me la recomendó un jovencito hijo de un muy buen amigo mío. Dos, que la lista es nada menos que música de una obra de ese man que se llama ‘Una Sinfonía Alpina’. Entre los movimientos de esa sinfonía hay títulos como: El Amanecer, El Ascenso, Entrando al Bosque, En El Glaciar, Momentos Peligrosos, La Cima. Fue super bacano dar mis últimos pasos escuchando esa parte de la sinfonía, ‘La Cima’.

Lo que sigue después de Misery Hill