Mount Shasta, Febrero 6 del 22
Primera parte

Volví a mi montaña. Dos semanas atrás había abortado mi intento después de haber arrancado de donde había pasado la noche en mi carpa, por haberme encontrado absolutamente solo en esa ruta. Aquella vez se me hizo que era un riesgo muy grande hacer ese intento sin nadie alrededor, en caso de cualquier accidente.
El fin de semana siguiente no volví, por quedarme viendo el fiasco que es hoy en día nuestra selección.
El fin de semana del 6 de febrero, el pronóstico climático estaba muy bueno, así que de una hice el plan de subir.
Ese viernes fue uno de los dos días que me tocó volver a trabajar desde mi oficina, de manera que preparé mi equipo y lo monté al carro desde el jueves, con la idea de manejar desde mi trabajo hasta el pueblito de Shasta. El viernes fui a un almacén como a 15 minutos de mi trabajo a rentar las plataformas para caminar en la nieve, que es la única parte del equipo que se usa para estas cosas que no poseo.
La noche anterior, mi carro me dio la señal de que una llanta estaba bajita. Le puse aire con el compresor que tengo en la casa, y pues ya eso no fue problema… Hasta el otro día saliendo del almacén donde renté las plataformas, que la luz de advertencia en el carro se prendió otra vez.
Por pura coincidencia, muy cerca del almacén donde estaba había un taller de llantas. Fui a ese sitio y le expliqué al señor que me atendió lo que me estaba pasando con esa lucecita, y que yo creía que era mejor si revisaban la llanta. El señor no tuvo ni siquiera que bajar la llanta, pues de una vio una puntilla clavada. Listo, bajaron la llanta y la parcharon. Las cosas iban por muy buen camino, pues de no haber ido yo a ese sitio hubiera tenido una llanta desinflada quien sabe adónde.
Volví a mi trabajo, terminé mi día, y arranqué al pueblito de Shasta.
Dormí en un hotel ahí el viernes, y el sábado ya estaba en la cabecera de la trocha pasadas las 9 de la mañana.
En el parqueadero vi a un guardabosques que estaba esperando a sus compañeros para un entrenamiento de algo que iban a hacer. Al hombre le pregunté su opinión acerca de la conveniencia de llevar plataformas para la nieve. Me dijo que él pensaba que no las necesitaría, pues la nieve estaba bastante firme; que de pronto se me hundiría la pisada en algunas partes, pero no con mucha profundidad.
Le agradecí su opinión y me fui para mi carro a seguir con la preparación final de mi morral.
Un par de personas que estaban al lado preparándose también para subir la montaña sí llevaban las benditas plataformas. Hablé con ellos y me dijeron que no era su plan subir hasta la cima sino hacer una caminata extendida usando esas plataformas.
Una ventaja que esas plataformas ofrecen, de lo que yo me he beneficiado bastante en mis otros viajes, es que traen un soporte para los talones que se puede usar cuando uno va en subidas. Lo que esto hace, es que el pie continúe en posición horizontal; así la subida resulta muy similar a estar subiendo escalas.
La desventaja es que eventualmente uno tiene que cargar esas cosas sujetándolas del morral, y son entre 4 y 6 libras de más.

Decidí llevarlas a pesar de que estaba muy consciente de que sus 4 libras eventualmente me irían a costar, pero la ventaja en el ascenso era algo muy real y de mucho beneficio para mí.

Arranqué a las 9:50 de la mañana, que creo que es lo más temprano que he comenzado estas caminatas. Había cielo despejado, y la temperatura era muy agradable. Comencé la caminata sin las benditas plataformas. Llegué a lo que llaman la “línea de árboles” en inglés, que es la altura donde, después de ahí ya no hay árboles.
Coincidencialmente, me había tomado una hora exacta llegar a ese punto. Paré un par de minutos a descansar. No iba agotado, pero me había trazado un plan de detenerme cada hora a un breve descanso.
Mi siguiente parada fue un poquito más de una hora después, a las 11 y 15 cuando ya tenía al frente el primer grupo de laderas empinadas. Era el momento de descargar las plataformas para la nieve de mi morral y montarme en ellas. Que bendición esas cosas para faldas como la que estaba subiendo.
A las 12 y 5 iba ya a una altura de 9.060 pies, y paré a descansar un momento. Volví y arranqué a las 12 y 10.
No pude seguir con mi plan de parar cada hora, pues la inclinación de estas laderas me hizo volver a tomar un descanso a las 12:40, a 9.640 pies de altura. Que como sé estos números? Pues porque desde que arranqué traía una hojita y un lapicero en un bolsillo y los sacaba cada que me detenía a descansar y apuntaba esos datos.
Estaba cerca de mi meta del día, lo sabía. El sitio lo llaman ‘Helen Lake’, a pesar de no ser un lago de nada. Queda como a 10.200 pies de altura, o sea, a menos de 600 pies de diferencia en altura de donde yo estaba en ese momento. En distancia, calculo que era por ahí unos ¾ de milla.
5 minutos después proseguí mi camino. Recuerdo que en ese momento, mirando las dos laderas que continuaban, calculé que me tomaría cerca de hora y media llegar a Helen Lake. Pensaba que si me tomaba eso, hora y media, me daría por muy bien servido.
Yo nunca he sido un caminante rápido; además, por ir solo sin nadie que me empujara y sin ningún afán de nada, pues traté de ahorrar energía y de no esforzarme demasiado.
Resulté llegando a Helen Lake a la 1:20! Me tomó únicamente 35 minutos desde el último punto! Era absolutamente de no creer, para mí. A final de cuentas, me tomó solo 3 horas y media el tramo entre el parqueadero y Helen Lake. Batí mi récord por una hora!
A armar la carpa y preparar la dormida, pues como la intención era comenzar el ataque a la cima antes de las 3 de la mañana, debía de tratar de dormirme temprano. Sin embargo, habían dos cosas que tenía que hacer: derretir nieve y preparar mi comida.