6. LO MAS FÁCIL DEL VIAJE
Un detalle de mucho significado para mí, que ocurrió cuando íbamos a dejar la cima, que omití en lo que escribí ayer: El descenso de la cima sí lo hicimos por el lado que yo conocía. Valentina se sorprendió de lo fácil que esta ruta era en comparación con las rocas que escalamos para llegar, finalmente, a la cima. No habíamos dado dos pasos en esa bajada, cuando Valen me dijo “pa, no nos hemos dado un abrazo por lo que hicimos”. Nos abrazamos. Uno abraza de cariño con cierta frecuencia, pero abrazar a mi hija después de haber logrado algo semejante, el poder habido compartir semejante cosa con ella hizo que ese abrazo fuera celestial en todo el sentido de la palabra.


Seguimos descendiendo. No sentíamos los efectos de llevar como 35 horas sin dormir y utilizando mucha energía. Era muy bueno no tener esas ideas en la cabeza porque nos quedaban aun no sabíamos cuantas horas de caminata para llegar al carro. La gravilla en la bajada realmente nos ayudó a frenar las protestas que nuestras rodillas estaban haciendo, y a que el amague de lesión que Valen tuvo en su ligamento prácticamente desapareciera.
Era bastante claro que, si seguíamos en línea recta, eventualmente llegaríamos a la zona donde casi todo el mundo arma las carpas en viajes de dos o más días; ahí cerca queda la quebrada, que es el punto clave para uno ubicarse y conectar con la sección de la trocha que lo lleva a uno de nuevo al parqueadero.

Desde la cima me había dado cuenta de que mi GPS se estaba quedando sin batería. Resulta que por haber venido tantas veces a esta montaña, no me gusta mucho llevar ese aparato para no encartarme porque creo conocer muy bien la montaña. Sin embargo, esta vez no lo pensé dos veces en llevarlo, por dos motivos: Uno, como fuente de información para saber las distancias recorridas y la altitud en cualquier momento dado, y dos, como artículo de seguridad. El punto dos nace de mi peor experiencia en esta montaña hace unos años, en uno de mis intentos fallidos que hice coincidencialmente con el mismo Alejandro que vino con nosotros esta vez. En ese intento nos pasó de todo; al regreso nos perdimos, no dimos con la carpa ni con la quebrada. Estaba yo estrenando el GPS y no confiaba en lo que me estaba diciendo porque esas direcciones implicaban que teníamos que bajar bastante para después volver a subir. En fin, la historia que estoy narrando no es la del viaje de esa vez con Alejandro, sino de este último intento en el que llegamos a la cima mi hija y yo. Simplemente estoy explicando porqué traje el GPS esta vez.
Por haber tenido el aparatico prendido durante toda la subida, había consumido casi todas las pilas, y no había llevado otras para reemplazarlas porque nunca pensé que fuera a necesitar realmente mi GPS.
Bueno, se estaba haciendo MUY claro que sí lo iba a necesitar una vez oscureciera.
Mi cabeza estaba funcionando a mil, tratando de generar ideas de que hacer una vez oscureciera.
Estábamos siguiendo una trocha muy bien definida y fácil de seguir. Aún teníamos claro el sentido de orientación: Necesitábamos bajar un poco más de forma paralela a una formación rocosa que teníamos a nuestra izquierda para después de pasarla, hacer una izquierda que nos pondría mas cerca de la zona que considerábamos el primer ascenso complicado, cerca de los 9500 pies de altura. De repente, esa trocha dejó de ser clara.
7. LA OSCURIDAD, LA MENTE, LA QUEBRADA
Pensaba de qué manera podría de pronto usar mi teléfono, pero sabia que Google Maps me muestra la quebrada y adonde estamos nosotros, pero no me muestra estas trochas en particular. Intenté hacer trampa, tratando de bajar la trocha en formato para GPS, para ver si Google Maps abría ese archivo. No encontré la forma. Ya estaba oscuro. Teníamos las dos linternas en nuestras cabezas, encendidas. Le dije a Valentina que lo único que se me ocurría era que camináramos derecho hacia abajo, que era muy probable que diéramos con una trocha que fuera de lado a lado, y la tomaríamos hacia la izquierda. No se si fue por ausencia de opciones o que, pero Valen estuvo de acuerdo con esa idea.
Una luz se prendió cuando agarré mi GPS y accioné su botón de encendido para ver qué pasaba. Fue mucha la felicidad que tuvimos cuando vimos que el aparato simplemente mostró un mensaje que decía que no tenía suficiente batería para vibrar o para iluminar la pantalla al 100%, pero nos mostraba adonde estábamos en el mapa, nos mostraba lo que tenía grabado de nuestra subida, y, lo absolutamente mejor de todo, nos mostraba que la trocha por la que veníamos era exactamente la que necesitábamos, y continuaba solo unos pasos delante de donde estábamos en ese instante. Esto ocurrió a 10,000 pies, mas o menos a las 10 de la noche.
¡Uf, que felicidad sentir guía sensata!
Obviamente, desde ese instante solo prendíamos el GPS por segundos cuando lo encontrábamos absolutamente necesario. La trocha, cuando la reencontramos unos pasos más adelante, no volvió a desaparecer el resto de la noche, con una pequeña excepción cerca a la quebrada. En un momento tuve una visión que hoy se que era una visión y no algo real: Vi un camino que lo veía para carro, destapado, con vallas a lado y lado. Me pareció algo normal, pero hoy se me hace muy extraño que no hubiera yo caído en la cuenta inmediatamente, que se trataba de una alucinación (hoy tengo vívidos recuerdos en mi mente de esa visión). Han sido muchas las veces que yo he estado por esos lados, y una carretera destapada como la que estaba viendo no era algo para uno no reconocer. Sin embargo, la vi y muy clara. Le pregunté a Valen si la veía; de hecho, lo que le pregunté fue que como iríamos a pasar por esas vallas. Ella simplemente me contesto con una pregunta: “cuales vallas?”
Ese fue el comienzo de las alucinaciones. Pronto empecé a ver cosas extrañas en el suelo, que siempre resultaban ser rocas. Con frecuencia veía objetos que parecían desechos de plástico, pero a veces veía formas de animales en el suelo; no miedosos ni nada por el estilo, pero todos terminaban siendo piedras. Fue una coincidencia que Valentina estaba experimentando algo parecido, y nos dimos cuenta por una carpa que ambos vimos mas adelante, que resultó ser una roca grande. Nos auto diagnosticamos y concluimos que estábamos sufriendo de fatiga mental. Dos decisiones que tomamos al respecto fueron que por ningún motivo manejaríamos hasta el pueblo apenas llegáramos al carro. Pensaba yo que, si había visto carpas que eran rocas, como podría asegurarme de que si manejaba no iba a ver algo extraño que me podría hacer salir de la carretera y chocar el jeep con un árbol o una piedra o… algo. La otra decisión fue que pararíamos a comernos el ultimo sándwich que cada uno de nosotros tenia, y así lo hicimos. La fatiga nos impedía sentir hambre, pero sabíamos que necesitábamos digerir algo. De hecho, yo le había dicho a Valen hacía rato que me dijera cuando ella quisiera que paráramos a descansar, que nos comeríamos el sándwich para darle un descanso a las rodillas. Es que a ella le han molestado bastante sus rodillas en bajadas criticas como esta; las mías no iban en silencio, hacía rato que estaban protestando. Lo de dormir en el carro, en este momento dijimos que dormiríamos al menos media hora para descansar, y después nos iríamos al pueblo.
Paramos pues, y nos comimos el sándwich. Esto fue a unos 8,600 pies. Eran las 12 y media de la noche. Sabía que nos quedaba poca distancia para la quebrada. Ese fue el siguiente obstáculo. La super trocha que estábamos siguiendo llegaba a un punto cerca de la quebrada, donde habían varias divisiones. El GPS no me mostraba con claridad por donde seguir. Si, teníamos un sentido general de orientación correcto, pero es que, en ese punto, si no se cruza la quebrada por un punto especifico, entonces es muy difícil porque por otros lados es terreno como entre pantanoso y lagunoso. Hicimos intentos por dos o tres de las opciones que teníamos por delante, pero nada que dábamos con el cruce.
Ahora sé que ese punto fue el que generó algo de ansiedad en Valentina. A pesar de todo lo demás que nos había ocurrido hasta ese instante, fue esta situación de desorientación la que la afectó más.
Bueno, la idea que se me ocurrió fue que camináramos hacia donde había como 4 o 5 carpas cerca de donde estábamos. Eso hicimos. Dos de esas carpas tenían luces encendidas adentro. Yo hablé: “buenas noches, alguien despierto?” Era como la una de la mañana. Me contestaron de las dos carpas; les dije lo que pasaba “estoy con mi hija y no encontramos el cruce de la quebrada para regresar a la entrada del camino adonde están los carros. Mi GPS está sin batería.” Un hombre de una de las dos carpas me contestó y dijo que ya salía.
El muchacho salió, y resultó que estábamos realmente cerca del cruce, pero eran muchos caminos y… bueno, lo importante es que nos reubicó el muchacho en nuestro rumbo.
8. EL CARRO
Cruzamos la quebrada y no volvimos a perder la trocha el resto del camino. Lo que si pasó fue que, por cuidar con esmero nuestras rodillas, caminamos extremadamente lento, y esto hizo que las 3 millas que hay desde la quebrada hasta el carro nos tomaran 3 horas. Esa ruta, que normalmente se percibe como interminable, con el agotamiento físico y mental que los dos traíamos, era eterna más cinco minutos.
Para aumentar los efectos mentales, dimos con un caminante que iba subiendo, y le hicimos la pregunta inevitable, ¿cuánto falta? El muchacho nos dijo que no mucho, que él llevaba media hora desde el parqueadero y que, como iba de subida, tenía que ser mucho menos tiempo para nosotros. No teníamos motivo para no creerle, excepto nuestra velocidad por cuidar nuestras rodillas. Pensé que nos tomaría unos 45 minutos si mucho.
Pasó casi una hora y nada. Dimos con otra persona que nos dijo que no, que estábamos realmente muy cerca de la cabecera de la trocha. Fueron otros buenos 15 minutos antes de que por fin dimos con nuestra meta. El agotamiento que llevábamos era tal que no pudimos expresar lo felices que estábamos de ver el carro.
27 horas caminando.
A mí me tomó por ahí 30 segundos caer profundo. Ignoro lo que le tomó a Valen, pero me dijo después que no fue más de un minuto.
Eran como las 4 y media de la mañana. Nos despertamos pasadas las 10. Creo que podíamos sentir físicamente el descanso mental. Arrancamos para el pueblo. Desafortunadamente, por cuestiones de la pandemia, el restaurante de pizza que tenía en mente estaba cerrado. Por fin pudimos llamar a Sammy, pues la señal estuvo muy defectuosa hasta que llegamos a este pueblo.
Fuimos a la tienda que hay en ese pueblo donde yo acostumbro a rentar equipo cuando voy con gente. En mayo de este año estuve ahí con David rentando el equipo que el necesitó para llegar a la cima de esta montaña conmigo, por otra ruta. Di con la persona que nos atendió esa vez, y me cayó de perlas. El motivo por el cual entré a esa tienda era para comprarle una gorra a Valen, de las que David y yo tenemos. Es lo que yo considero como el objeto de graduación de esta montaña, y se la quería dar de sorpresa, pero no ahí, sino en la casa cuando llegáramos más tarde. Entonces este es el motivo de que considerara yo fortuna dar con ese muchacho, pues el entendía lo que yo quería sin tener yo que explicarlo. Aproveché y entré al baño de la tienda a lavarme la cara y las manos. De ahí salimos a un restaurante que habíamos visto ahí cerca en la misma calle. Resultaron tener una hamburguesas tipo gourmet, buenísimas. Además, las cervezas artesanales que tenían (las 2 que probé) estaban espectaculares; como si esto fuera poco, tenían también un vino que a Valen le gusta mucho y que no es fácil de encontrar en todos lados.
Bueno, terminamos de comer y arrancamos para la casa. Valentina manejó dos horas y cuarenta, y yo manejé el resto (como dos horitas).
Llegamos a la casa y ha sido muy chévere contar esta historia que tiene matices de increíble, de peligrosa, pero lo más bacano es que el telón de fondo es que lo hice con mi hija.

En cuanto a mis amigos que por diferentes motivos desistieron, pienso que con la excepción de la indisposición de Meli y la compañía lógica que Omar le debía, las otras 3 personas no tengo ninguna duda de que hubieran estado en la cima conmigo. ¿Los critico? No, realmente no. Son mis amigos y los quiero mucho. Lo que queda para MI, es la lección de que, con frecuencia, lo que uno ve como un obstáculo puede no serlo; al menos uno no lo va a confirmar hasta que lo intente. Ese es el punto. Yo no puedo controlar el clima, pero si puedo tratar de subir por un camino que pasa por unas piedras. Yo no puedo estirar el día, pero si puedo caminar de noche.
Un aspecto personal que está de pronto oculto con todo lo positivo e increíble de esta aventura: Cosas claras que son fallas en mi faceta de organizador de cosas así: Los tiempos, los de salida, los de ruta, los descansos necesarios en la caminata en sí fueron cosas que estuve muy lejos de haberlas manejado bien. La preparación MINIMA para eventualidades nunca se había hecho mas obvia para mí que en este viaje con el amague de lesión de Valentina bajando la punta. Debí haber llevado mi carpa pequeña para estar preparado para una situación de esas. Las pilas extras para el GPS: No vale que yo diga que llevaba el aparatico por motivos de información; yo se que en una emergencia esa vaina puede marcar la diferencia.
Igual pienso que mi fortuna es enorme por haberme ido como me fue. Las dos personas que comenzamos con la idea de esta aventura, la concluimos. Ha sido lo mas complicado que yo he hecho en esta montaña, sin dudas, pero literalmente amo haberlo hecho por haber tenido a mi hija a mi lado.
Claro, ya no tengo motivos para volver a Shasta, excepto que…..