- EL PLAN Y EL ARRANQUE
Hace poco estábamos comiendo en un restaurante Valentina, Sammy y yo. Durante esa comida algo pasó que hizo que habláramos de montañismo. Valentina me dijo que sí, que iría conmigo a subir el Monte Shasta. Fue un poquito de sorpresa, para mí, porque ella me había estado diciendo que ponía como condición para hacer una cosa de esas conmigo otra vez, que yo tenía que planear al menos dos campamentos de mochila de los que hemos hecho.
Una persona tan obsesionada con esta montaña como yo, no necesita sino que alguien le diga “vamos” para ahí mismo empezar a maquinar todo.
Al otro día le comenté a mi amigo Alejandro, que fue una de las dos personas que me acompañaron en mi primer intento hace varios años. Él ha intentado otras veces conmigo, pero no lo ha podido lograr aun; la otra persona fue mi hijo David, con quien logré llegar a la cima de esta montaña en mayo de este año.
Pues mi amigo recibió de manera muy positiva esta noticia y me dijo que vendría con nosotros. En ese momento, el esqueleto del plan era que saldríamos un viernes en la tarde después de trabajar y arrancaríamos a caminar esa misma noche. Dijimos que lo haríamos estilo ‘day hike’, que significa que uno no para a dormir. También dijimos que al otro día, al regreso, nos quedaríamos en un hotel del pueblito cercano para dormir y haríamos el viaje de vuelta a casa el domingo, ya descansados.
En los días subsecuentes el número de personas que expresaron su interés en esta aventura aumentó. Al final resultamos ser un grupo de 7 personas: Nena, Cristina (la hermana de Nena), Melissa (la hija de Pulga), Omar (el novio de Melissa), Alejandro, Valentina y yo.
Conforme se iba acercando el día, todos estábamos enfocados en la preparación logística: Que morral usar, que había que llevar, cómo iba a estar el clima, y cosas así. Planeamos la hora de salida para las 4 de la tarde. Mi experiencia en esta montaña en particular me decía que el viaje en carro duraría unas 5 horas y media, mas el tiempo que usáramos en paradas a echar gasolina o a lo que fuera. Yo creía que nos íbamos a demorar unas 7 horas en total; eso nos pondría en el comienzo de la trocha antes de la medianoche.
Yo tenia unas pastas que son de receta médica, que sirven para contrarrestar los efectos negativos que la altura puede causar en algunas personas. El día antes de nuestra salida les di de a una a cada uno de ellos con la instrucción de que se la tomaran al otro día como al mediodía.
El día se llegó y les avisé que una de las primeras paradas sería para almorzar. Alejandro me dijo que entonces ellos saldrían media hora mas tarde, pues ya habían almorzado y no iban a necesitar comer quien sabe hasta cuándo. Tuvo sentido su argumento desde el punto de vista de que no es muy chévere que digamos sentarse uno a ver a otras personas comer. Arrancaríamos divididos, entonces: Valentina, Meli, Omar y yo, por un lado, y Alejo, Nena y Cris por el otro.
De todos modos no pudimos salir de mi casa a las 4 en punto, sino a las 4 y media. El sitio donde decidimos parar a almorzar tenía muchísima gente haciendo fila para ordenar comida. Nosotros, siendo las personas modernas que somos, bajamos la aplicación de ese restaurante e hicimos la orden desde uno de nuestros celulares. Seguía nada mas parquearnos en cierta zona, y esperar a que nos llevaran la comida. Decidimos comer ahí, al aire libre, sin importarnos el calor que estaba haciendo.
Luego de comer, ahí si arrancamos a continuar nuestro largo recorrido.
Tuvimos mas demoras porque un par de paradas, una para cambiar de conductor, y la otra para llenar el tanque de gasolina, tomamos salidas que no tenían reingreso fácil a la autopista que estábamos usando. Esto nos hizo invertir tiempo en buscar las entradas a esa autopista desde adonde nos habíamos salido.
Nos encontramos en el ultimo pueblito, que se llama McCloud, pasaditas las 11 de la noche. Nos quedaba un poco mas de carretera pavimentada, y ya después seguía carretera destapada. Fue un sitio chévere para usar el Jeep que Valentina dos semanas atrás había conseguido. Eran las 12 de la noche cuando comenzamos en la carretera destapada.
No tuvimos ninguna complicación en este tramo. Una de las cosas en las que fallamos fue en el tiempo que usamos entre nuestra llegada adonde dejaríamos parqueados los carros, y el instante en que realmente comenzamos la caminata. Al parqueadero llegamos a las 12:37, pero arrancamos la caminata en sí a la 1:30 de la mañana.
2. COMIENZA LA CAMINATA
La primera sección de esta ruta es la más fácil de todas, pues no presenta una inclinación complicada. Son 3 millas que de bajada parecen 8! En esta sección le ayudé a ajustar su morral a Cristina, pues a pesar de que nadie llevaba morral pesado, el de ella no estaba bien ajustado para que sus hombros y su espalda hicieran el trabajo, como funciona en estos morrales pequeños. El final de esta sección es en el nacimiento de una quebrada que le da el nombre a esta ruta, “Clear Creek”. Cuando llegamos a este punto, a las 3 y media de la mañana, había sido nuestro plan parar ahí a comer algo y a descansar antes de comenzar la parte “seria” de nuestra aventura. En este sitio les di a cada uno la segunda pasta para lo de la altura. Estuvimos 25 minutos ahí. ¿Que cómo sé los tiempos? Llevaba mi GPS encendido, y el aparatico automáticamente graba la posición con cierta frecuencia.
Le había dicho a Valentina que le tenía una sorpresa que se la daría cuando paráramos a descansar. Fue en esta parada antes de cruzar la quebrada que le di la sorpresa: El titulo de propiedad del carro que ella había comprado dos semanas atrás, había llegado ese día a la casa. Lo llevaba conmigo todo este tiempo, sólo para darle la sorpresa.
Arrancamos otra vez faltando 5 para las 4, y rápidamente llegamos a los primeros ascensos complicados. Complicados porque el terreno era arenoso y como de gravilla, que no daba un soporte sólido a cada paso. Eso resulta en esfuerzo extra que hay que invertir para avanzar. Pero seguíamos. El paso era lento, pero era el paso mas que adecuado para nuestro grupo.
Nos tomó hora y media cubrir los siguientes ¾ de milla. En ese recorrido ganamos mil pies de altura, de los 8400 donde estaba el nacimiento de la quebrada, hasta 9400 donde habían unas formaciones rocosas que Alejo y yo las conocíamos muy bien, por ser el sitio adonde habíamos acampado en nuestro primer intento, siete años atrás.
Seguimos nuestro rumbo, y exactamente a las 6:14 de la mañana pudimos ver el momento exacto en que el sol irrumpió en el firmamento. Obviamente, paramos a ver todo ese espectáculo hasta que el rey astro salió por completo en el horizonte. Continuamos con nuestra marcha.


Un poco mas arriba se nos hizo claro que Omar iba con molestias en su cadera. Valentina le había dado una crema fría que se usa para cosas parecidas, y Omar se untó un poquito. Al parecer no le obró mucho, porque más adelante le seguía expresando su inconformidad a Melissa. Yo escuché y le dije que me diera su morral para ver si el caminar sin morral cancelaría su molestia. Parece que sí lo ayudó un poco, pero no canceló del todo su dolor. Un poco mas arriba oí cuando Cristina le dijo que lo tomara con calma y que caminara mas despacio, de ser necesario, pues no creía ella que una inconformidad de esas se fuera a desaparecer con lo que estábamos haciendo, sino que, al contrario, podría empeorar. Le grité a Alejandro que iba de primero y le dije que parara, que necesitaba hablar con todos. Alejandro fue todo el viaje adelante; yo tomé mi puesto acostumbrado, el último, para asegurarme de que nadie fuera a quedarse aislado.

Cuando estuve cerca a todos, les dije que teníamos una situación ante nosotros: Omar iba caminando con un inicio de lesión. Yo veía dos opciones: Una, que se tomara una pasta desinflamatoria tipo ibuprofeno, y siguiera en observación de como continuaba su lesión, y la otra era que el simplemente nos esperara en algún sitio que encontráramos mas o menos adecuado. Eso sí, expresé la realidad de que yo no era jefe de nadie y que estaba diciendo lo que estaba diciendo, porque era una realidad que estaba frente a nosotros. Casi de inmediato, Omar dijo que quería la pasta y que entendía mi preocupación. Por suerte, Nena llevaba unos ibuprofenos fuertes con ella. Omar se tomó uno, y continuamos con nuestro ascenso.

3. LA ROCA CHAMPIÑÓN
Hacía rato había visto yo en la lejanía lo que sería nuestra próxima meta momentánea: una formación rocosa que la llaman “la piedra Ovni”, o “la piedra Champiñón”. Cuando por fin llegamos a esta roca, fue el punto de exclamación de lo que llevábamos. Yo realmente llegué a esa roca muy, muy cansado.
No es muy claro, desde ese punto, por donde debe uno continuar, pues lo que se ve al frente es un muro de roca con pasos que se veían complicados. Yo recordaba que uno debía de ir hacia la derecha, y por ahí supuestamente era más fácil la subida.
Mientras estábamos descansando, y yo observando y analizando lo que teníamos al frente para tratar de tomar el mejor camino posible, le cayó el primer golpe a nuestro paseo: Melissa, la hija de mi gran amigo Pulga, se sintió indispuesta al punto de no querer continuar. Su indisposición era tal que no le quedaban dudas de que no podía continuar. Su decisión momentánea fue quedarse en ese punto, esperando las horas que durara nuestro regreso. Su novio, Omar, obviamente dijo que se quedaba con ella. Claro, no se iba a quedar la niña sola bajo absolutamente ninguna circunstancia, incluso si ello significase el aborto grupal de la expedición. Dijeron que comenzarían el descenso muy lentamente, y que eventualmente nos reencontraríamos cuando nosotros bajáramos más tarde. Las demás personas del grupo aceptamos esta decisión de ellos, y seguimos con la intención de coronar.
Nos despedimos de ellos dos y continuamos, pero no hacia la derecha, que yo pensaba, sino hacia la izquierda porque una mujer, que era una de las personas que estaban regresando de la cima, nos dijo que era más fácil bordear el muro de piedras delante de nosotros por la izquierda, a pesar de que eso agregaría como 3 horas para llegar a la cima. Le hicimos caso y comenzamos a caminar en ese sentido los 5 que quedábamos.
Hacía mucho viento y mucho frío. Afortunadamente, todos estábamos adecuadamente protegidos para el frío. Una nube pequeña pasó. Luego pasó otra. Esta montaña, por no estar conectada con ninguna otra y ser relativamente alta (14,179 pies / 4.322 metros), genera su propio “microclima” en su parte alta. No es raro que se nuble de repente y que se formen tormentas en la parte alta. Este es el motivo principal por el que recomiendan que, si uno no ha llegado a la cima al mediodía, que mejor se regrese. Sin embargo, el clima de nuestro día estaba más que espectacular.
Pienso que la combinación de factores de riesgo (las nubes, la hora, lo que nos quedaba de tiempo antes del anochecer, lo complicado que se veía la subida de esas piedras), hizo que Nena desistiera. Creo que un factor “externo” que le hizo más fácil tomar esa decisión fue el hecho de que Meli y Omar no hacía mucho que habían comenzado su descenso. Cerró la puerta a cualquier intento mío por convencerla para que continuara. Alejandro dijo que, pues el se quedaba con ella. Nena intentó convencerlo de que no, que continuara, que nada malo le iba a pasar a ella porque los otros dos muchachos no iban muy lejos. De hecho, todavía los podíamos ver. Cristina dijo que tampoco se sentía segura de continuar, y que prefería devolverse con su hermana. Yo escuchaba y entendía que no era mucho lo que yo podía hacer para convencerlos de que continuaran. Me aterraba verme en esta altura y no hacer el ultimo empuje para alcanzar la cima; pero como ya había yo estado ahí cuatro veces, no era un proceso mental muy duro, el digerir que al parecer nos devolveríamos desde ese punto. Me sentía rendido, en cuanto a convencer gente se refiere, cuando de pronto mi hija me dijo “Pa, si quieres seguir, yo sigo contigo.”
Inicialmente creí que había escuchado mal, pero mi niña repitió lo que había dicho. Los otros tres dieron voces de impulso, y yo me esforcé por no mostrar de manera exagerada la alegría que me había causado lo que Valen había dicho.
Nos abrazamos y nos despedimos. Afortunadamente en el carro que ellos venían había cupo para dos personas más, exactamente lo que necesitábamos. Acordamos que nos veríamos en un hotel cuando nosotros regresáramos. Emprendieron su regreso, y nosotros nuestro ataque a ese muro que teníamos delante.
Es curioso como a veces funciona el cerebro. Al llegar a la roca “champiñón” yo iba muerto del cansancio, pero el decir Valentina “Pa, vamos”, hizo que mi cerebro disparara un rayo de adrenalina a mi cuerpo. De repente me sentí entero, con energía para lo que fuera.
Sucedió que topamos con unas personas que venían de regreso por el muro, que nos dijeron que no hiciéramos lo que la mujer nos había recomendado antes; que lo mejor era que siguiéramos un sendero que se veía muy bien desde el punto donde estábamos, que a pesar de que se veía difícil, en realidad no lo era tanto. Le hicimos caso al muchacho. Es mi experiencia que la conducta social entre montañistas es de lo mas claro y sincero que existe.
4. EL MURO Y LA CIMA
Y si, atacamos el muro. Al comienzo era un sendero mas o menos normal, un poco mas inclinado, pero de forma tal que los bastones de caminata resultaban útiles todavía. Eventualmente llegamos al primer sitio en el que era necesario agarrar rocas con las manos para sostenernos mientras dábamos el siguiente paso. A veces podíamos hacer eso sin tener que guardar los bastones, sino dejándolos colgar de nuestras muñecas. En un momento dado nos estorbaron, entonces ahí si los acomodamos en la parte de afuera de nuestros morrales, que tenían espacio y correas para hacer esto

Seguimos este ascenso entre las rocas. El clima seguía bien. No volvieron las nubes amenazantes. Tardamos un poco mas de una hora en llegar al tope de estas rocas. Tuvimos tiempo, sin planearlo, de grabar dos clips de segundos, de cada uno de nosotros subiendo esta sección. En la parte de arriba de ese muro, lo que sigue es una corta sección casi plana que se conecta con una pequeña colina que le cobra a uno el siguiente esfuerzo físico. Esto es ya a 13,530 pies de altura. Recuerden, esta montaña es de 14,179; o sea que en este punto nos quedaban menos de mil pies de altura por subir, que no se traducen en la misma distancia para caminar.
Nos habíamos cruzado con un par de montañistas subiendo las rocas. En la parte “plana” que siguió, se hizo evidente que ellos no sabían hacia adonde debían de seguir para llegar a la cima de esa montaña. Lo que pasa es que allá arriba se ve algo cerca, pero al lado opuesto, que parece que fuera la cima. Yo les aseguré que no, que esa no era la cima, que la cima la teníamos al frente de nosotros y que ya no era sino cuestión de encontrar la subida a ella. Fue cómico que oíamos a otras personas que habían subido antes que nosotros, en esa cima falsa. Debe de ser terrible uno hacer todo este esfuerzo para después darse cuenta que no, que estuvo cerca, pero que esa no era la cima.

Coronamos la colinita que seguía, y vimos que nos esperaba otra sección de piedras que abrazaba el montículo adonde estaba la cima real. Nada, a seguir de a poco.

Dimos con otra persona que iba de regreso, a quien le hicimos las preguntas de rutina: ¿Cuánto nos falta? ¿Por dónde es mejor? También le pregunté si había firmado el libro de registro que hay en la punta. Me contestó preguntándome si eso no era una broma; dijo que él había oído hablar de libro pero que como no lo vio, pensó que debía de haber sido una broma. Yo le aseguré que no era una broma; que yo no solo lo había firmado cuatro veces, sino que además había puesto una calcomanía de la bandera de mi país en la cajita adonde el libro está. Le dije también que debería de devolverse con nosotros, que el punto adonde estábamos era cerca y que le tomaría si mucho una hora más hacer eso.
El muchacho me hizo caso y se devolvió a buscar el libro. Nosotros continuamos nuestro ascenso entre las rocas, despacio y con mucho cuidado. Los otros muchachos hacía rato nos habían pasado y ya los oíamos arriba.
Esta subida a la cima no era lo que yo recordaba, y en un momento me sentí desorientado. Fue muy bueno que los otros muchachos estaban ya allá. En un momento dado pude ver a uno de ellos arriba y le pedí que me guiara, lo cual el hizo muy bien. Unos pocos minutos más y Valentina y yo ¡llegamos a la cima del monte Shasta!

Eran las 3 y 40 cuando llegamos a la cima. Siguió no se cuánto tiempo en fotos y en firmar el libro. Yo tenía afán de que emprendiéramos el regreso cuanto antes, para aprovechar al máximo la poca luz de día que nos quedaba. En particular, veía absolutamente necesario el día para ver nuestro descenso por el muro de rocas y encontrar el camino de bajada de la roca ‘champiñón’.
Cabe mencionar que, a pesar de no haber sido para nada el motivo de nosotros alcanzar la cima esta vez, si tenía yo muchas ganas de una foto en ese sitio con mi hija por tener una con mi hijo, que considero la mejor foto que tengo de todas mis idas a montañas, desde el punto de vista fotográfico. Entonces lo que quería era repetir la misma composición fotográfica. Eso tomo cierto tiempo, el yo preparar la foto. Cuando lo hice, le pedí el favor a una de las otras 3 personas que habían en la cima en ese momento. Le expliqué lo que quería y él me hizo el favor. Me acomodé al lado de Valentina, y el muchacho nos tomo unas 6 fotos muy buenas. Luego yo fui y le tomé unas a ella sola, que ella quería, y luego ella hizo lo mismo conmigo.

La firma del libro fue algo también especial, por firmar debajo de donde mi hija había firmado. También fue muy chévere ver la bandera de Colombia que yo había hecho años atrás, aun pegada en la caja donde el libro de firmas está.

5. EL INICIO DEL DESCENSO
Bueno, cuando terminamos todo nuestro proceso en la cima emprendimos nuestro descenso. Eran aproximadamente las 4:45 de la tarde. Cerca de nosotros venían los 3 muchachos que habíamos visto arriba, dos de los cuales eran los que nos habíamos encontrado subiendo las rocas. Hubo una cuarta persona que resultó ser el último en llegar a la cima ese día. Fue pura coincidencia que esas personas resultaron ser del mismo estado, Minnesota. Resulta que, en el futbol americano, el equipo que le gusta a mi hija (y a toda mi familia), son los Santos de Nueva Orleans. Uno de los equipos que menos le gusta a los santistas es el equipo de Minnesota, los Vikingos. En la cima bromearon acerca de esto con Valentina, pero de una manera muy jovial y amigable.


En fin, seguimos nuestro descenso. Ellos iban delante de nosotros, cerca. Mi deseo era no perderles de vista para usarlos como guías. Esto funcionó de maravillas. La bajada de la sección de las rocas no fue muy complicada, pero en un momento dado, Valen se resbaló en un paso, pero pudo detenerse. Esto fue ya terminando la sección de la pared de rocas. Lo que seguía era una distancia relativamente corta y no muy inclinada, hasta la piedra ‘champiñón’.
Cuando llegamos a esa piedra, Valen me dio una noticia que me cayó como un balde de agua fría: Creía ella que se había lastimado su talón de Aquiles derecho; que no se sentía muy bien dando el paso, que iba a darle unos minutos a ver si mejoraba la sensación.
Yo comencé a pensar de todo: ¿Y si seguimos con cuidado, pero se lastima más, más abajo? ¿Y si nos quedamos acá y llamo al guardabosques? ¿Y entonces, qué? ¿mandan un helicóptero a que nos tire una carpa? Es que el problema mayor era ese: Estaba anocheciendo y no teníamos protección de nada para las temperaturas que venían. Pensaba que lo único que podríamos hacer, sería meternos debajo de la roca ‘champiñón’, pero no teníamos realmente con que protegernos del frío de la noche a esa altura. Lo estaba viendo como una situación que se iba a poner muy crítica.
Valentina comenzó a caminar y me dijo que sentía que iba a poder continuar. Yo no le había expresado nada de mi pánico para no contagiarla, pero seguí caminando a su lado pendiente de cada paso que ella daba. Miré el reloj. Nos quedaban aún casi dos horas de luz de día, lo cual era fenomenal. El camino era muy claro y lo que de subida era algo negativo (la gravilla y la arena), de bajada era algo ventajoso porque cada paso se deslizaba un poco mas sin esfuerzo de uno.