Pereira, parte 2 de 2
El jueves estuvimos con mi familia paterna, los Echeverry. Mi tía Gloria nos invitó a un sancocho en su casa, que queda terminando la zona de La Florida, río Otún arriba. También estuvo allí mi tía Patricia y mi primo Diego Alejandro, el hijo de Gloria. Una vaina de lujo, que yo sabía que iba a pasar, fue que conocí por primera vez a mi otro primo, Larry. Larry es hijo de mi tía Marielena Echeverry, que hace varias décadas vive en los Estados Unidos.
A excepción de mi tía Marielena, estuvimos reunidos esa tarde todos los que quedamos de la familia Echeverry Sanchez (yo soy Sánchez en tercer grado). Siempre son bacanas las fotos de familia en grupo, pero esa tarde, las fotos que nos tomamos tienen un valor incalculable para nosotros.
Siempre ha sido motivo de orgullo para mi una cosa que hoy en día no es realmente importante para mucha gente, que es la primogenitura. Resulta que el primogénito de la familia Echeverry de mi abuelo es mi hijo David. A pesar de la vasta descendencia que el señor tuvo, no hay hoy en día otro hombre joven que lleve ese apellido, así que mi David es el primogénito. Si, no importa, lo sé, pero déjenme ser feliz con este pensamiento sin importancia…
Volviendo al cuento, fue muy bacano estar con toda mi familia Echeverry, y haber finalmente conocido a mi primo Larry.
De regreso a casa esa tarde, planeamos salir a comer solo los seis, para despedir a Valen, David, y sus parejas. Esta era la última noche de los muchachos en Pereira, pues se regresaban al otro día, el viernes. David tenía planeado originalmente regresarse con Sammy y conmigo el sábado o el domingo, pero el calor de la ciudad con la ausencia de aire acondicionado, además del agotamiento por lo nutrido que armamos Sammy y yo el itinerario, lo hizo apurar su regreso y comprar pasaje para regresarse junto con su hermana.
Fuimos a comer a un sitio en los Álamos, “Patrono”, que es como un mall de restaurantes que funciona como si fuera uno solo. De ahí que las opciones son tan amplias y variadas.
En esta cena íntima, les pregunté que cuál había sido el momento más emotivo para cada uno de ellos del viaje. Uno a uno, todos hicieron memoria y dijeron lo que pensaban que les había causado mayor emoción. Me causó curiosidad que en la medida que íbamos participando, se afloraba de nuevo la emoción, al punto que terminamos los seis con los ojos brillantes. Yo dije que mi momento mas emotivo fue en el parque Recuca, al final, cuando en una exposición de jeeps Willys, pusieron al final lo que el muchacho llamó “el segundo himno nacional de Colombia”. Yo acerté cuando preguntó si alguien sabia cual era. Era ‘Colombia, Tierra Querida’, de Lucho Bermúdez, y me emocionó mucho ver a toda mi familia cantando esa canción, bailándola y agitando las banderas que nos habían dado.
La memoria más bonita fue la que nos compartió JD, que nos dijo que el momento más emotivo para él fue en nuestra primer cena en Pereira, cuando vio la interacción del tío de Sammy, Rodrigo, con su nietecito. Nos dijo JD que eso le hizo aflorar recuerdos de su infancia y la relación que tuvo con su abuelito. Destiny quedó encantada con los dos días en la finca de John, sobretodo las jugadas de voleibol. Dice que se rió como nunca. Sammy recordó con bastante alegría la fiesta del 31 que hicimos nosotros mismos en Cartagena. Valentina dijo que fue haber visto de nuevo a su abuelita Fanny, después de un tiempo larguito.
El viernes Sammy y yo tuvimos un día mayormente en el aeropuerto, pues yo me fui adelante a entregar el carro rentado, luego llegaron Valentina y JD, que su vuelo era antes del de David y Destiny, que llegaron después para lo suyo.
De acá nos fuimos para la casa, pero yo había armado un encuentro con algunos de mis compañeros de bachillerato del Reyes esa noche. Sammy y yo nos fuimos un poco más temprano de la casa porque queríamos primero ir a comer. Llegamos al sitio adonde nos encontraríamos más tarde con mis compañeros, y vimos que ahí cerquita habían varios restaurantes, entre los cuales había uno más o menos conocido, de comida típica colombiana, La Ruana, pero Sammy me dijo que no quería comida colombiana otra vez; así que fuimos a otro que por pura casualidad estaba al frente de nosotros, en la parte alta de un edificio de como 4 pisos. Era un restaurante de comida peruana, Cardinal.
Un señor se nos acercó y se puso a charlar con nosotros. Resultó ser el dueño del restaurante, a quien le dije que yo había entrado con bastante recelo a su restaurante, pues en la ciudad adonde yo vivo, que es cerca a San Francisco en los Estados Unidos, hay muchas opciones buenas de restaurantes peruanos. No esperaba yo mucho; al contrario, entré creyendo que si mucho seria comida mediocre. Pero qué sorpresa me llevé con el plato que pedí y cuando probé, también, lo que Sammy había pedido. En mi vida había comido esos dos platos que me supieran tan bueno, tan glorioso como me supieron los de este restaurante. Pues le comenté todo esto al señor que era el dueño, y le pareció chévere mi sinceridad, y me dijo que el también tenia ese tipo de recelos cuando iba a un restaurante por primera vez. Charló con nosotros un montón de tiempo más, y finalmente se despidió y nosotros terminamos nuestro rato en el restaurante Cardinal.
Ahora sí, para el bar a vernos con mis compañeros del colegio.
El sitio se llama “Las Primaveras de Yury”, que es la nueva versión de otro que quedaba al frente y se llamaba “La Maldita Primavera”. Queda en un segundo piso, y me pareció un sitio con una estructura super bacana para ser un bar grande. Terminamos siendo solo un manojo de excompañeros, pero muchas veces la cantidad es insignificante comparada con la calidad del momento; y este rato con Acosta, Juliana, Javier y William, fue pasado de especial. El boleo de amarillo fue también a la altura del paseo, y Sammy volteó ron como si el mundo se fuera a acabar al otro día. Es que para Sammy fue también chévere porque por precaución había invitado a sus dos amigas, Martha y Stella, pero también llevó William a su esposa Diana, que es amiga de Sammy.
Mi excompañero Chiqui me envió un regalo esa noche que fue totalmente inesperado por mí, aunque mejor aún fue el mensaje que me escribió después que le expresé mi sorpresa por eso. Desafortunadamente no le alcanzó el tiempo para arrimar, pero estuvo sentado toda la noche al lado mio, espiritualmente, y no por su detalle sino por lo que me expreso por texto, acerca del aprecio que me tiene. La próxima no fallamos, Chiqui!
Casualidad gigante fue que mientras estaba conversando con el esposo de Juliana, Hugo, me contó que había participado en el Deportivo Pereira. Le pregunté si había conocido a César Giraldo, y no solo me dijo que sí, sino que conocía a toda su familia, y me los nombró a todos! Quedé asombrado, pues la persona a la que me refiero, que en Paz Descanse, era hermano de mi amigo John Hader, el que he mencionado en esta crónica, y conocí a César en mi barrio cuando yo era un niño. Contacté a John y lo urgí a que fuera adonde yo estaba. Coincidencia chévere que el hombre andaba relativamente cerca, y como a los cuarenta minutos nos cayó. John conocía a Hugo, y pues fue una reconexión muy chévere.
El administrador del sitio era una persona cercana a las amigas de Sammy, Stella y Martha. Quizás fue por eso que el man nos trató como de manera bien especial y bacana. A él le pedí el favor que le pidiera al DJ si ponía mi canción. El man hizo la vuelta, y al rato empezó a sonar Mi Princesa. Fue más que genial compartir ese momento con mis amigos del colegio. Creo que todos ya la habían oído, pero siempre es bacano cuando de repente eso pasa en un sitio público.
Llegó el sábado, y con él una muy mala noticia: El motivo por el cual yo no había podido hacer el check-in de nuestro vuelo el otro día, era porque yo había cometido un error al comprar nuestros pasajes, y los compre para una semana después!
Pailas, a buscar pasajes en el último minuto para vuelos el otro día. Los encontré, pero mas caros de lo que me había imaginado. Ni modo; a veces no hay otra opción que la de asumir el error y continuar.
Ese día mi cuñada Loren nos invitó a almorzar en un restaurante muy chévere que se llama Latinos. Me pareció muy bacana e interesante la comida de ese sitio.
En la tarde pasamos por la casa de otro tío de Sammy, Cháparo, no más a compartir con ellos un rato bonito. En la noche todos ellos habían preparado una salida para despedirnos a Sammy y a mí, y fuimos a un sitio en la Pradera que se llama La Cantina.
Tengo que decir que el efecto del desgaste físico se estaba ya haciendo presente en mi cuerpo. No pasé maluco, pero tampoco disfruté al máximo ese ratico en ese sitio.
Al otro día si le dimos fin a nuestro rápido, pero muy denso, viaje a nuestro país.
Notable la atención de mi tío Julián para con todos nosotros. Sammy y yo estuvimos en su casa todo este tiempo. Él solo dejó de asistir a dos o tres cosas por no parecer como ‘el pegao’, según nos explicó.
Notable la expresión de felicidad de mi tía Patricia al tener alrededor suyo al total de la familia Echeverry de hoy. Bueno, el 99%, pues mi tía Marie no estaba.
Muy notable, y no apreciado para nada, el clima de la ciudad de Pereira esta vez. El calor rayaba en lo insoportable.
Notable el cariño – no, el cariño no, el amor que toda la familia de Sammy nos brindó a todos, incluyendo a las parejas de mis hijos.
Notable las atenciones con nosotros de parte de nuestros amigos. Directamente, lo que hicieron Pulga y Bibi, y John, e indirectamente las expresiones de cariño y hermandad de todos los que compartieron algún momento con nosotros. Pienso que algo bueno hemos de haber hecho Sammy y yo para caerles así.
Por último, fue también muy especial haber compartido con todos los que pude de mi familia materna, al igual que el día con mi familia paterna. Las charlas que pude tener con mi tío Alberto, con mi primo Carlitos, pues fueron muy cheveres ya que es más bien poco lo que hemos conversado en los últimos años. Son cosas que el tiempo pasa y no se hacen, pero cuando se dan son un poquito más especiales, creo yo.







