Viernes de regreso a Ciudad de México

Mi hijo y mi esposa me habían advertido o aconsejado que tuviera mucha precaución el tiempo que fuera a estar en México por asuntos de seguridad, de orden público. Mi hijo me lo decía, creo yo, más que todo por historias que quién sabe adónde habrá oído, acerca de violencia de carteles en ese país. Creo que mi esposa me lo decía por la impresión que le causaron a ella unas noticias recientes de algunos americanos que habían ido a México a realizarse operaciones estéticas, y algunas personas de esos grupos fueron asesinados en un par de ciudades fronterizas.

En este sentido puedo decir hoy que no pude haberme sentido con mayor confianza de la que sentí ese día y medio que estuve en pleno centro de la capital. Es muy probable que la presencia policial hiciera que en esa zona se sienta una paz muy notable. Es que había por ahí unos 3 o 4 policías en cada esquina, y no estoy exagerando.

Nuestro guía nos dejó en el hostal donde nos hospedamos el viernes como a las 3 de la tarde. Resulta que esa misma tarde iba a pasar un juego de baloncesto de las semifinales de la liga de Estados Unidos, en el que el equipo del área adonde yo vivo jugaría. A pesar de lo cansados que íbamos, yo salí de mi habitación a buscar adonde verme el juego. Pedí sugerencias en la recepción, y lo mejor que pudieron hacer fue decirme que le preguntara a uno de los policías que había afuera en ese momento. Eso hice, y el agente me sugirió un restaurante de alitas de pollo que también existe en mi ciudad. Lo único era que estaba un poco retirado; el policía calculó que me tomaría unos 15 o 20 minutos caminar hasta allá. Era una ruta muy simple: Caminar unas tres calles y luego hacer una izquierda para cubrir aproximadamente una docena más.

Era una tarde con un clima muy agradable. No estaba para nada frío, pero tampoco estaba haciendo calor insoportable.

Una de las primeras cosas que noté fue algo que comenté más arriba, la presencia policial tan alta.

Cuando llegué al restaurante encontré que el negocio lo habían cerrado hacía algún tiempo. Vi otro par de sitios cerca donde de pronto podría ver el bendito partido, y en ambos lo buscaron en sus televisores, pero no lo encontraron.

Pensé entonces que me iría para el hotel y miraría el marcador en mi celular. En esas me di cuenta de que el juego aún no comenzaba, y era que no había calculado la diferencia horaria entre la Ciudad de México y el sitio en los Estados Unidos donde el partido se iba a jugar. Faltaban en ese momento casi 3 horas para el inicio del juego. Al hotel entonces, a descansar.

Eran como las 7 de la noche cuando entré a mi cuarto. Me recosté y me profundicé.

Tal era mi alcance de sueño que fue casi un milagro el haberme despertado pasadas las 9, la hora del partido. ¡Fue una sorpresa muy grande cuando bajé a la recepción del hotel, y en el restaurante que hay allí estaban pasando el juego! Resultó en vano la larga caminata de esa tarde.

El juego terminó con el equipo de mi ciudad eliminado. Al cuarto entonces, y ahí si a dormir.

No se cuando fue la última vez que yo dormí tan profundo y confortable como esa noche de viernes en la Ciudad de México.

Brinquemos ahora a la planeación del viaje y a su primer día: