Intento de Subida

(El Punto de esta Crónica)

Nos tomamos nuestra segunda pasta para lo de la altura, preparamos nuestro equipo, y tan pronto tuvimos todo en una camioneta 4×4, arrancamos con destino hacia el refugio de Piedra Grande. Nuestro grupo aumentó a cuatro con el conductor de la camioneta, un muchacho llamado José que serviría de apoyo para Mauricio y nosotros dos en el refugio.

Al refugio de Piedra Grande llegamos como a las 6 de la tarde.

Piedra Grande

El refugio es una construcción simple de un piso un poco alto con un solo espacio adentro. Este espacio está dividido en una zona abierta que tiene dos mesas contra una pared con ventanas, y en el lado opuesto hay dos plataformas de madera a lo largo de esa habitación, una encima de la otra, estilo camarote. Tiene un par de escaleras de madera para poder subir a las plataformas superiores.

Los «Camarotes»

Cuando llegamos al refugio, había unas cuatro o cinco personas ya acomodadas durmiendo en las plataformas. Nómadas llevaba espumas gruesas para cada uno de nosotros, y José las acomodó en una sección que estaba desocupada. Encima de esas espumas pusimos nuestras espumas delgadas de campamento, y encima de ellas colocamos nuestras bolsas para dormir.

Mientras Mauricio, Alexandra y yo colocábamos nuestros equipos en los espacios vacíos que encontramos en el refugio, José se dispuso a prepararnos la cena, cosa con la que yo realmente no contaba o no recordaba que estuviera dentro de la lista de servicios que habíamos contratado.

Antes de acabar de organizar la dormida, José nos llamó porque ya tenía lista la comida. Realmente me sorprendió la presentación y el sabor de lo que nos preparó. Fue pechuga de pollo asada, con espagueti en salsa blanca, tomates preparados no sé cómo (pero que delicia de tomates, por Dios!) y aguacate.

Luego de comer volvimos a los “camarotes” del refugio, donde terminamos de cuadrar nuestro descanso. Ya eran las 7 de la noche, y nos quedarían unas 4 horas y media de descanso, pues debíamos estar listos para comenzar la caminata a las 12:30, ese era el plan que Mauricio nos había dicho.

Mauricio nos había indicado que deberíamos usar las luces rojas de LED que nuestras linternas tenían, para evitar iluminar con luz brillante a otras personas que estuvieran por ahí.

Recuerdo no haber dormido profundo por mucho tiempo, pero todo indica que si lo hice por algún momento dentro de las cuatro horitas y pico que tuvimos para descansar.

El olor de caoba oscuro, de resina de pino que percibía de la base de madera donde estaba mi sleeping, ejercía un efecto relajante en mí. Al menos eso sentía en esos momentos.

Sonó la alarma a las 11:30; le puse 10 minutos más, y entonces si me desperté del todo y me dispuse a prepararme para el ascenso. Esto incluía ponerme la ropa térmica que había llevado para usar como primera capa, encima un pantalón que tengo para andar en la nieve, tres pares de medias, una camiseta de manga larga de tela que es una mezcla de fibras de lana y de poliéster, y encima de esto me pondría mi chaqueta grande que es más que todo para el viento y la lluvia.

También preparé mis dos pares de guantes, me puse el gorro de lana, y me puse una cosa que tengo que es para proteger el cuello del frío.

José nos estaba esperando con algo para comer antes de comenzar, que era simplemente panes con mantequilla de maní unos, y otros con Nutella, ambos con rodajas de banano. También tenía listo café y té para nosotros. Yo no tenía mucho apetito que dijéramos, pero por saber el esfuerzo que había delante de mí, me comí uno de esos panes casi completamente.

Acá tuve la oportunidad de preguntarle a Mauricio acerca de las linternas con las lucecitas rojas. Le dije que más temprano que había ido a orinar, esa lucecita roja no me iluminaba casi nada. Me dijo que no, que en la subida usaríamos las blancas, que lo de las luces rojas era no más mientras estuviéramos dentro del refugio para no molestar con luz muy brillante a otros montañistas que estuvieran allí.

Regresamos a los camarotes por nuestros morrales, en los cuales llevábamos lo siguiente:

– Botas para cuando llegáramos a la nieve, que no son muy eficientes para caminar sobre trochas normales.
– Los crampones para las botas.
– El arnés para conectarnos cuando estuviéramos ascendiendo y descendiendo el glaciar.
– Las picas para la nieve.
– Dos botellas de agua que Mauricio nos había dado a cada uno.
– Las capas de abrigo con las que no necesitábamos arrancar, pero que serían absolutamente necesarias un poco más arriba. En mi caso esto fue mi chaqueta rellena con plumas y un par de guantes, pues de momento no estaba haciendo tanto frío.

Creo yo que los morrales quedaron pesando unas 22 libras, que no es mucho que digamos para una expedición de alta montaña de dos días, pero que a la altura en la que nos encontrábamos se sentía bastante pesado.

No cuadró con exactitud el tiempo que Mauricio tenia planeado. Íbamos a arrancar a las 12:30, pero terminamos haciéndolo un par de minutos después de la una de la mañana.

Llevaba conmigo el reloj con GPS que me habían regalado en mi casa hacía unos dos o tres años, y lo puse a grabar los datos de la caminata. Gracias a ese registro es que puedo contar los tiempos de mi caminata.

A punto de comenzar nuestra caminata. El de la derecha es Mauricio, nuestro guía.

La primera parte de la ruta es sobre un acueducto antiguo hecho en concreto; pronto llega uno a la trocha en sí, trocha que es un ascenso constante con algunas zonas semiplanas. No tiene una inclinación imposible, pero se sube algo con cada paso que se da, y eso tiene un precio mayor a esa altura.

Mauricio no iba caminando rápido; podría decirse que en realidad iba caminando despacio. Yo veía bien a Alexandra. Mauricio se detenía por ahí cada 10 minutos para que respiráramos y descansáramos por un minuto, aproximadamente.

De repente yo comencé a sentir fatiga. De momento no le vi nada de raro, pues estaba en lo que estaba, y era totalmente de esperarse una reacción así del cuerpo. Sin embargo no cuadraba que hubiera sentido eso como tan rápido después de haber comenzado la subida. Recuerdo haber tenido esa primera sensación por ahí a los 45 minutos de haber arrancado, y eso que íbamos caminando despacio!

Comencé entonces a aplicar un método de caminata que he usado muchas veces en Shasta, que es el llamado ‘Paso de Descanso’, o ‘Rest-Step’, en inglés. Es un método de caminata que es considerablemente mas lento que caminar normal, pero resulta ser una forma muy eficiente de manejar la energía que uno tenga.

La siguiente media hora, aproximadamente, fue un ciclo de Alexa y Mauricio caminando delante de mí, adelantándose, mientras yo iba subiendo con mi pasito. Ellos paraban y me esperaban, yo los alcanzaba y descansaba en ese punto por ahí un minuto. Eso lo hicimos unas dos o tres veces, mientras en mi mente se estaba haciendo clara la idea de que yo no iba a lograr la meta. Ese pensamiento se combinó con el saber que mi amiga estaba allí por mi idea, que lo estaba haciendo aparentemente bien, y que mi desempeño tenía cara de que iba a impedir que al menos mi amiga alcanzara la cima.

En una de las pausas, que parece que fue como la séptima (de acuerdo a los datos de mi reloj), les dije que, aprovechando que la trocha estaba aun muy definida, y el refugio no estaba tan lejos, me devolvería para así no ser yo el obstáculo para que ellos dos lograran llegar a la cima. Esto ocurrió a la hora y media de haber comenzado la caminata. No estábamos aun a los 15,000 pies de altura, pero estábamos cerca.

Fue una conversación buena, sincera, y corta. La conclusión fue que ya no iríamos por la cima, sino que la nueva meta seria la de llegar hasta el glaciar, que quedaba a unos 16,000 pies. Dijo Mauricio que seguiríamos caminando tan lento como fuese necesario, pero que no veía el ningún motivo por el que yo no podría alcanzar el glaciar.

Seguimos subiendo, pero mi agotamiento no subsistía. Unos 50 minutos después, incluyendo otra parada de descanso, les dije que había perdido la batalla mental y física que venia combatiendo desde que arrancamos, que no veía ninguna forma de poder continuar ascendiendo; que aún pensaba que sería posible un regreso solo desde el punto en el que nos encontrábamos.

Mauricio analizó la situación y me dijo que se sentía con la suficiente confianza para continuar el ascenso con Alexandra hasta el glaciar, dado que estaba relativamente cerca; el punto donde nos detuvimos tenía unas rocas que ofrecían protección contra el viento que, dicho sea de paso, no fue nunca un factor esa noche. Se quitó su chaqueta y me la dio. De nada valió que yo insistiera que no lo veía necesario, ya que yo tenía mi propia chaqueta y suficientes capas para protegerme del frío. La frase que me dijo ganó: “Más vale que tengas una chaqueta de más, en caso de que te ataque el frío”.

También sacó del morral de Alexandra lo esencial para el pedacito que les quedaba por subir, y lo cargó en su propio morral. El de Alexa lo dejó conmigo. Me dijo que estarían de regreso en unas dos o tres horas.

Me quedé muy tranquilo en aquel semi-refugio de rocas a un lado de la trocha, y tan pronto ellos dos emprendieron su camino yo me senté en el suelo y comencé a buscar una forma cómoda para recostarme, cosa que no tomó mucho tiempo. Dormí con profundidad por algunos minutos. Me despertaban las ganas de moverme un poco; lo hacía y volvía a conciliar el sueño. Al comienzo sentía frío en las piernas, y coloqué entonces la chaqueta de Mauricio cubriéndolas. Eso ayudó bastante, pero en un momento dado me despertó el frío. Estaba tiritando. Me puse la chaqueta correctamente, encima de mi chaqueta. Se calmó momentáneamente la tiritadera, pero al rato regresó.

Recordé lo que Mauricio me había aconsejado: que caminara, que trotara, que hiciera lo que fuera necesario para recuperar calor en caso de mucho frío. Hice algunas cuclillas y también unas lagartijas, o flexiones de pecho de mentiras (no en el suelo, sino con las manos apoyadas en una roca un poco más alta de donde tenia mis pies). Estas cositas ayudaron a que mi cuerpo recuperara un poco la temperatura.

Volví a recostarme en las rocas donde estaba antes de despertarme y me volví a dormir.

A las dos horas de haberme despedido de Alexa y Mauricio en ese sitio oí voces de personas. Me paré y di unos pasos y, en efecto, vi a dos personas que venían bajando por donde mis compañeros habían subido. Una de esas personas me saludó y me preguntó si yo era Mauricio. Asumí que traían mensaje de Mauricio, mi guía. Les pregunté eso y me dijeron que se habían visto con él y con mi amiga, y que él les había pedido el favor de que me guiaran de regreso al refugio.

Ellos eran dos hombres, uno era un guía como el mío, pero de otra empresa, y el otro era su cliente. El guía se llamaba Victor.

Le dije a Victor que era muy buena esa idea de yo regresar con ellos, pero que veía un impedimento imposible de sortear, que era que tenía en mi posesión el morral de Alexandra; que no veía yo de qué manera podría bajarlo llevando el mío al hombro.

Victor miró el morral y me dijo que él lo bajaría, que no me preocupara por eso.

Así lo hizo el hombre.

Victor, mi rescatista, con su cliente detrás de mí.

Me sorprendió muchísimo, de manera muy agradable, ser testigo del nivel de camaradería que existe entre estos guías de alta montaña. Me explicarían luego, tanto Victor como Mauricio, en conversaciones separadas, que esa camaradería y solidaridad no era algo uniforme entre todas las empresas de montañismo que operan en el Pico, pero que sí era una realidad entre dos o tres de ellas.

El ascenso hasta el punto en el que renuncié a mi propósito me había tomado 2 horas y 26 minutos. El descenso hasta el refugio Piedra Grande me tomó una hora y 11 minutos.

En el refugio me acosté en el colchón de espuma que aún estaba en el sitio donde yo había descansado y seguí descansando, haciendo tiempo para el regreso de Alexa y Mauricio. Según el otro guía, Victor, ellos se habrían de demorar de 3 a 4 horas. No fue tanto, para nada. Aproximadamente una hora después de yo haber llegado a Piedra Grande llegaron mis dos compañeros. Les tomó un total de 2 horas y 11 minutos, de las 3 o 4 que había calculado Victor.

José estaba ya dispuesto a prepararnos desayuno, pero tanto Alexa como yo dijimos que no teníamos apetito, cosa que agilizó nuestro regreso a Tlachichuca.

El regreso en la 4×4 fue una mezcla entre descansos profundos y charlas de temas medio esotéricos con Alexandra. Cosas espirituales, de renaceres y/o reencarnaciones que me hicieron recordar a mi amigo Correíta cuando fuimos a Argentina.

Al llegar al pueblo pudimos darnos un duchazo antes de almorzar en la casa donde comenzamos el día anterior. De ahí al carro, y del carro al hostal en la Ciudad de México.

Nuestro sábado en Ciudad de México…