Un par de días han pasado, y ahora es muy claro para mí la raíz de mi pobre desempeño en esta montaña: La falta de sueño que resultó por haber hecho una planeación ineficiente de este intento. Esa falta de sueño, combinado con que subestimé gravemente a la montaña, fueron el 1-2 (como en términos de boxeo) que me noquearon en este intento.
La matemática es así: miércoles 10 viajé de San Francisco a Ciudad de México casi terminando ese día, y llegué a la capital a las 5 de la mañana del jueves 11. En ese vuelo dormí por ahí 2 horas y media, si mucho. El jueves pude descansar unas 3 horas en el refugio, para un total de 5 horas y media de sueño en las últimas 41. Ahí mismo arrancamos a subir la montaña. Me imagino que la adrenalina me impidió ver que esa falta de sueño era un obstáculo muy grande para subir una montaña de más de 5,000 metros de altura.
El profesionalismo de nuestro guía Mauricio fue intachable. Me motivó mucho un comentario que me hizo en el regreso, en cuanto a que lo había sorprendido un poco, y de muy buena manera, mi actitud de realidad al renunciar a la meta. Me dijo que lo normal era que las personas no dijeran nada hasta que fuera muy tarde y no tuviesen ya fuerzas ni para pensar.
«Patadas de ahogado», puede decir cualquiera, pero palabras que al fin y al cabo a mí me cayeron muy bien en su momento.
Es ahora una simple cuestión de tiempo para hacer nuestro segundo intento, que es algo que tanto Alexandra como yo estamos absolutamente convencidos que hemos de hacerlo. Creo yo que el próximo año, temprano, regresaremos al Pico Orizaba.
