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Tuve la oportunidad de visitar Chile y Argentina por unos pocos días recientemente, con la compañía de Sammy y de un par de amigos. Esta es mi historia.
A mi hija Valentina hace unos años se le ocurrió la idea de hacer un viaje de ‘mochila’ por Sudamérica. El Covid se le atravesó para el momento en el que lo había planeado, que era en el 2020.
Un par de años después se le dio todo para hacer su viaje.
Desde un comienzo habíamos planeado coincidir con ella por unos días en la parte inicial de su viaje, teniendo en cuenta que esa etapa seria por la Argentina, país que nos llamaba la atención a Sammy y a mí conocer un poquito.
Se dio entonces Sammy a la tarea de crear este viaje; literalmente, ‘crear’ este viaje: Los pasajes, el hospedaje, el transporte, la alimentación, el itinerario durante la primera parte… Yo simplemente tenía que estar preparado a la hora que me dijeran para salir adonde fuera. Coincidió con este plan, el hecho de que cumplí mis 50 en junio y mi mama me dio el costo de este viaje como regalo de cumpleaños.
Por casualidad de la vida, de esas casualidades que a veces son hermosas, Sammy le comentó este plan a una amiga de nosotros de Atlanta, Claudia Aricapa. Ella le contó a su esposo, nuestro también amigo Alejandro Correa, quien de inmediato le dijo a Claudia que averiguara si se podían pegar.
“Pegar”? “Pegar”? este par de amigos tan entrañables?
Lo que en un principio era una genial idea de ir con mi Sammy a acompañar unos diítas a nuestra Valen, se tornó en algo con un potencial muy elevado de crear historia.
Fue un viaje de ocho días. No de una semana, sino de ocho días. Llegamos a Chile el martes 18 de octubre, y nos regresamos el miércoles 26. Bueno, realmente fue una semana, si resta uno el 26, que fue un día entero de viaje.
Llegamos a Santiago de Chile el 18 en la noche. En el aeropuerto nos encontramos con Valentina y su novio, JD, quien la había acompañado en sus primeros días de excursión. Ahora se regresaba a California. Comimos con ellos dos en el aeropuerto. Después nos fuimos con Valen al apartamento donde pasaríamos las próximas dos noches.
Al otro día fuimos al cerro San Cristóbal. A este sitio se puede subir caminando, pero nosotros optamos por hacerlo en el teleférico. Vistas bastante imponentes de la ciudad, allá arriba. Para bajar, usamos el funicular, que es un trencito para laderas empinadas. Hay uno de esos en Bogotá, para subir Monserrate.
Una vez abajo, fuimos al museo de Pablo Neruda. Resulta que es una casa que él compró para albergar una noviecita que tuvo cuando estaba casado con su primera esposa. La historia es que eventualmente se divorció, y siguió viviendo con esta mujer hasta su muerte. Creo que fue una experiencia muy chévere haber estado en ese sitio.
Luego fuimos a comer en un centro comercial cerca del apartamento donde nos estábamos hospedando.
En ese sitio pasé un momento de pánico no-planeado.
Sammy necesitaba una pasta para dolores que estaban en una bolsita que Valen traía desde el museo de Neruda. Valen no tenía esa bolsa consigo en ese momento. Recordó que la había dejado en el baño. Los baños no estaban cerca; había que ir al segundo piso, en una sección aparte.
Elle se fue. El tiempo pasó. En un momento dado, Sammy me preguntó que qué sería de Valen que no había vuelto.
Mi cabeza despegó de donde estaba, cual nave espacial saliendo de la tierra.
Empecé a pensar… “Y si le pasó algo? Y si alguien la raptó? Y si no pudo deshacerse de alguna persona malintencionada?”
Me paré inmediatamente de la mesa y me dirigí hacia donde sabía que estaban los baños.
No estaba allí.
Regresé al restaurante donde estábamos, lleno de ansiedad.
Tan rápido como se formó toda esta angustia en mi cabeza, se deshizo cuando pude ver que la niña estaba de vuelta en la mesa con Sammy.
Me dijo “Pa, por qué no me llamó?”
Me pregunté a mí mismo por qué no la había llamado…
Esa noche llegarían nuestros amigos de Atlanta, desde Colombia, que era donde estaban. Llegaron tarde. El tiempo no daba para que subieran del aeropuerto al apartamento donde estábamos, pues el siguiente vuelo era muy temprano al otro día. Decidieron quedarse en el aeropuerto, adonde nosotros llegamos antecitos de las 6 de la mañana. En realidad no tenían semblante de estar amanecidos.
No voy a intentar describir las sensaciones que ocurrieron al ver a mis amigos. Solamente voy a decir que fue genial volver a verlos, abrazarlos, escucharlos… Al mismo tiempo experimenté algo que hacía poco había experimentado con la visita que mi amiga Alexandra nos había hecho en California: Sentía como si los hubiera visto el día o la semana anterior.
Estoy convencido de que es algo que pasa cuando las amistades son de cimientos muy profundos y sólidos.
Una coincidencia grande de este viaje fue que el hijo de mis amigos, Mateo, fue a visitar a nuestro hijo, David, a nuestra casa en California. Como quien dice que toda la familia Correa se juntó con los Echeverry, aunque por aparte.
Volviendo al tema, la impresión que me formé de Santiago de Chile es que es una urbe muy moderna, muy grande, muy bonita. Creo que sería fácil hacer un viaje de una semana a esa ciudad, para conocerla un poco.
Siguiente destino: Mendoza, Argentina.
Para mis amigos californianos: Mendoza es el Napa de Argentina. Entre lo mucho que aprendimos allí, estuvo el dato de que Mendoza produce el 70% del principal vino de ese país, que es el Malbec.
El primer día en Mendoza fuimos a dos viñedos, Renacer y Tierras Altas. En ambos sitios tuvimos una educación superior en cuanto a vinos se refiere.
Quizás así lo explico mejor:
Sammy y yo vivimos en California, no muy lejos de la zona de vinos más famosa de Norteamérica, creo. Es la zona del valle de Napa.
Hemos ido muchas veces a viñedos por acá, pero nunca habíamos recibido información como tan minuciosa acerca de los vinos. Aprendimos dos términos, hasta el momento desconocidos para nosotros: Taninos y Astringencia. (El uno es un químico presente en la piel y la semilla de la uva, y el otro es un efecto que la mayoría de los vinos rojos causan en el paladar)
También nos enseñaron que el fondo de las botellas de vino no tiene absolutamente nada que ver con su calidad.
Este día, en el almuerzo entre viñedos, comimos nuestro primer asado argentino en un asadero como “de pueblo”. No decepcionó en lo más mínimo, aunque me sorprendió un poco el chimichurri. Era algo rojizo, como si tuviera más tomate o pimentón del que yo me imaginaba. Era un poco mas suave, mas “blando” de lo que yo esperaba, a pesar de que no sabía maluco.
Luego de estas visitas a los dos viñedos, el fin del día sería una experiencia culinaria en la casa de un chef.
Cuando llegamos a la casa del chef nos abrió un muchacho. Resulta que ese jovencito era el chef. Mis expectativas como que se ajustaron a la juventud del muchacho que vi. O sea, de pronto me esperaba un señor mayor, barrigón, con sombrero de chef o algo así.
Nos hizo pasar a su casa, a un espacio al lado del comedor. Allí nos sirvió vasos de vermut. No copas sino vasos. Resulta que en Argentina este licor es algo popular, sobre todo antes de cenar. Todos tomamos al menos un poquito de vermut, pero como que no nos cuadraba tanto ese trago desconocido.
Pronto nos invitó al comedor, donde durante la siguiente hora y media, más o menos, nos sirvió una cena de cinco pasos, con una copa de vino diferente en cada paso.
Fue una vaina bien interesante, porque no era un menú de restaurante, sino más bien como una pintura, como un cuadro, desde el punto de vista de que cada plato tenía algo que ver con la historia de vida del muchacho-chef. Por ejemplo, el segundo plato era algo así como una torta de carne, pero envuelta como en puré de papas. Este plato era algo que su abuelita le hacía con cierta frecuencia.
No voy a mencionar los cinco platos, pero el tercero sí: Fueron mollejas asadas. El nombre me hacía pensar en algo con textura desagradable, al menos para mi gusto, pero oh, que sorpresa! Que vaina más inesperadamente exquisita!
Al final de esta excelente cena, durante un brindis que improvisamos, le dijimos al muchacho, que se llama Marco, y a su novia Agustina, lo mucho que nos sorprendió su talento y la bellísima forma de ser de ambos.
En nuestro segundo día en Mendoza, el plan era hacer el viaje hasta la base del monte Aconcagua, la montaña más alta de todo el continente americano.
En Argentina hay que mantener las luces del carro encendidas a toda hora. Nos lo habían advertido en la agencia donde rentamos el carro. Sin embargo, en este viaje al Aconcagua yo había arrancado sin las luces prendidas. Eventualmente pasamos por un retén policial. Estaban ocupados con otro carro, sin embargo el policía que estaba cerca de donde yo iba a pasar me hizo señas con la mano, que después caí en la cuenta de que era nada más queriéndome decir que prendiera las luces. En ese momento no lo comprendí así, y simplemente me detuve más adelante.
El policía se acercó a nuestro carro, y de inmediato me pidió los documentos. Resulta que allá también es necesario que los pasajeros que van atrás lleven puesto el cinturón de seguridad. Nadie en nuestro carro tenía el cinturón abrochado. Pronto se complicó la situación. Me dijo que por la combinación de faltas (las luces y los cinturones) me tendría que retener la licencia, para lo cual yo debería ir a un juzgado el lunes siguiente y pagar la multa para que me la devolvieran.
Tuve la oportunidad de salir del carro y conversar con el policía compañero de quien tenía en ese momento mi licencia. El señor me explicó la situación; yo le pregunté si podía pagar la multa ahí mismo. Me contestó que por tener señal de datos deficiente, eso era un poco difícil de hacer. Le insistí, explicándole la importancia que ese documento tiene acá en los Estados Unidos. El señor habló con su compañero y un par de minutos más tarde me dijeron que estaba bien, que iban a hacer lo necesario para yo poder pagar la multa ahí. El costo fue aproximadamente 120 dólares.
Multa pagada, licencia de California de nuevo en mi bolsillo, y continuamos nuestro viaje absolutamente convencidos de que habíamos acabado de pagar una multa de tránsito que los dos oficiales de policía probablemente estaban reportando en ese mismo instante.
Nos quedaban como dos horas de viaje. Afortunadamente había varios sitios interesantes en el camino, de manera que no fueron dos horas sentados en el carro.
La primer parada fue en un embalse del rio Mendoza, que se llama ‘Embalse Potrerillos’. El agua de este embalse es imposiblemente azul. Pregunté por ahí, y me dijeron que el color se debía a un alto contenido de sulfato de cobre del agua que baja de los nevados. Como quiera que sea, lo que ven en las fotos no es cuestión de efectos de computador o de la cámara. Tal cual era como veíamos el agua en ese embalse.
Cuando al fin llegamos a la base del Aconcagua, ya era como la hora del cierre del paso de carros hasta un sitio desde donde se podía ver mejor la montaña. Una breve conversación con el jefe de guardabosques que estaba en ese momento en esa estación, un joven de unos 40 años, más o menos, solucionó el asunto y el muchacho nos autorizó a pasar.
Pudimos ver la montaña, a pesar de que habían nubes en su cima. El Mao montañista realmente se emocionó mucho teniendo este gigante al frente. La tenía en mi lista, pero luego de haber estado en su base, la requeté-confirmé. Con salud y un par de pesos he de intentar coronar el Aconcagua pronto. (pronto no significa meses, pero tampoco un montón de años)
Saliendo del mirador del Aconcagua está el ‘Puente del Inca’, que es una formación natural milenaria muy bonita e interesante.
Sabiendo que teníamos delante un rumbo de más de dos horas, una vez en el carro hice una pregunta acerca de un tema un poco esotérico. Era acerca de una expresión que hace poco alguien me mencionó, y me pareció bastante interesante: el “despertar de conciencia”. No fue una pregunta al azar, pues sé que mi amigo Correa es bastante interesado y conocedor de temas parecidos. Le pegué a la puntilla en la cabeza, como dice la expresión gringa, pues este tema nos dio para conversar no solamente durante el viaje de regreso a Mendoza, sino el resto de ese día.
Una vez en Mendoza, fuimos a comer a un restaurante en el centro del pueblo. La memoria de esta cena no fue la comida, por exquisita que hubiera estado, sino el mesero que nos atendió, don Jesús.
Pasado de profesional en lo suyo. Nos confió que la mayoría de los platos eran muy grandes, entonces nos aconsejó que compartiéramos. Lo mismo pasó con el vino. Nos recomendó uno que estaba como en la mitad de la gama de precios, sin nosotros haberle dado señas de preferir los baratos. En fin, nos tramó mucho ese señor con su manera de trabajar.
Otra vez el chimichurri no tenía la apariencia que yo esperaba. Este era también un poco rojizo, y no se le sentía el sabor un poquito agrio, por el vinagre balsámico que yo suponía que el chimichurri argentino debía de tener. Tampoco sabía maluco, pero no era un chimichurri como yo creía.
De ahí fuimos a un bar donde nos tomamos un par de tragos, y donde lo más llamativo fue una caravana de despedida de solteros que pasó por la calle, en la que el novio (asumo que era el novio) iba en la parte de atrás de una camioneta con un par de amigos, y él estaba en calzoncillos.
No puedo dejar de mencionar el asunto del tráfico en nuestro paso por Mendoza. Era mayormente bueno, con buena señalización, con carreteras cómodas, con otros conductores muy decentes, muy civilizados. Sin embargo, en un momento nos ocurrió algo que se salió de toda esta belleza. Fue en el acceso a una autopista. No había semáforo, así que no era muy claro quién tenía el derecho a la vía. Pronto pudimos entrar en el acceso, pero vimos un carro que venía en sentido contrario, mientras que otro venía a nuestra derecha sin dejarnos mucho espacio. Afortunadamente, la carretera era lo suficientemente ancha para que los tres carros pudieran continuar su rumbo sin mayores complicaciones. Igual, sentimos algo de pánico dentro del carro.
Con esto termino mi recuento del paso por Mendoza. Al día siguiente nos despedimos de Valentina, quien continuó su excursión regresando a Chile. Le dejamos muy claro a Valen nuestra apreciación por el hecho de que de no haber sido por ella y su plan de excursión, nosotros cuatro no estaríamos por allá conociendo nuevas tierras, nuevas culturas.
Quiero mencionar en este punto lo sumamente interesante que se dio la interacción de Valentina con nuestros amigos. Si bien ella los conoce desde muy niña, la diferencia generacional no es impalpable. Sin embargo la madurez de Valentina, la curiosidad y sabiduría que expuso en todas las conversaciones en las que participó, hicieron que estos días que compartimos los cinco fueran sobresalientes. Valentina también mostró otra de sus cualidades, su capacidad de escuchar atentamente.
No es algo pequeño, para mí, que mis hijos consideren a mis amigos los suyos, y a su medida. Ahora, la apreciación que mis amigos mostraron por ella, bueno, eso es otro cuento que me daría para escribir muchas más paginas…
Nuestro plan continuaba con los próximos cuatro días en la capital, Buenos Aires, y nuestra curiosidad estaba creciendo, pues en tres días que llevábamos en Argentina aun no habíamos cruzado con el argentino que nos habían dicho en Colombia que todos allá son.
Buenos Aires, Argentina.
Llegamos en la noche al apartamento donde nos hospedaríamos los próximos cuatro días. Por suerte, en la esquina había un negocio para comer que estaba abierto. De todas las posibilidades, encuentro un poquito irónico que lo que había era un restaurante de arepas venezolanas.
Nos fue muy bien en ese sitio, en las dos cosas importantes: La comida y el servicio. El plan era esa misma noche salir del restaurante e irnos por ahí a conocer una cervecería, pero estábamos tan cansados que decidimos más bien irnos a dormir.
Al siguiente día fuimos primero a un par de centros comerciales, pues yo tenía muchas ganas de comprarme la camiseta de Argentina EN Argentina. Para mi sorpresa, ningún almacén la tenía, ni siquiera el de Adidas. Me decían que estaban agotadas. Ni modo, nada que hacer.
Fuimos, entonces, a la Feria de San Telmo, que es algo así como un mercado de pulgas con puestos de artesanías, de antigüedades, de cosas modernas… Era muchísima la variedad de artículos que vendían en esos puestos. Yo encontré una copa metálica digna de sumarse a mi colección, que hacía mucho tiempo no sumaba nuevo miembro así, como rarito. Sin embargo, lo sobresaliente de nuestras compras vendría después: Un puesto de un artesano de la madera tenía varios objetos alusivos al libro El Principito. Mi amigo se llevó un cuadro tridimensional de una de las escenas del Principito en un planeta con su amigo, el Zorro. Yo me traje, también del Principito, la culebra que se comió al elefante.
Un par de puestos más adelante, Correa se llevó una escultura de don Quijote de la Mancha que era muy real, muy expresiva, muy hermosa.
Tuvimos la oportunidad de ir por primera vez a una zona que se llama Puerto Madero. Tiene un par de calles muy largas con un montón de negocios de comida y bebida, y un ambiente muy, muy agradable.
Ese día regresamos pronto al apartamento, pues teníamos reservaciones para una combinación de degustación de vinos, cena y show de tango esa misma noche.
En Buenos Aires se puede ver shows de bailarines de tango en negocios en la calle Caminito… Pero si alguno de ustedes tiene alguna vez la oportunidad de ir, no se priven de ir a un sitio como al que fuimos, La Ventana. A mi entender, hay unos tres o cuatro de similar categoría. No puedo compararlos, pues fuimos sólo a éste, pero la calidad del espectáculo… En cierto modo, inesperado por mí. Creía que íbamos a ver a un grupo tocando tango, con unos bailarines. No me esperaba la altísima calidad y talento de los músicos del grupo de tango. Los bailarines, no me imagino profesionalidad superior a los que vimos.
La noche comenzó con una degustación de vinos. Pudimos comparar esta degustación, con las que habíamos hecho en los dos viñedos de Mendoza. La muchacha de este sitio era como una principiante, comparada con los que nos habían educado en Mendoza. Esta muchacha no les llegaba a los tobillos a los otros. Además hablaba muy pasito; era difícil escucharla. Correa le pidió el favor de que hablara un poquito mas fuerte. No fue un cambio significativo el que ella hizo, aunque si mejoró un poco.
Luego fue la cena. Muy buenas carnes argentinas, de nuevo con excelente vino Malbec.
A lo que vinimos, el tango.
Se abrió el telón para dejar ver un grupo de tango con piano, contrabajo, dos violines, y… TRES bandoneones! Nunca había visto yo a un grupo de tango con esta composición, con 3 bandoneones.
Desde las primeras notas se hizo claro que no era un grupo cualquiera, no era un grupo de principiantes. Tengo dificultad para enmarcar con palabras el talento que tuve al frente.
El show no se limitó a tango. En un momento dado salieron otros músicos a interpretar música andina. Entre su repertorio estuvo el Carnavalito. Un poco más adelante, se unieron los músicos del tango a estos andinos. La combinación de la banda de tango, con sus tres bandoneones, dos violines, piano y violoncelo con la quena y guitarras andinas fue absolutamente inesperada, y quien quiera que fuese la persona que organizó la armonía musical de tan diferentes estilos, la saco del estadio.
Esto no fue todo. Dentro del show de tango hubo temas instrumentales, que en su mayoría participaron los bailarines, pero también unas cuantas canciones cantadas. Un hombre y una mujer eran los cantantes. Una de las canciones que interpretaron fue ‘Por Una Cabeza’. Esta canción me llegó bastante, pues era una de las preferidas de dos personas muy cercanas a mí, que ya no me acompañan. Pepe y don Juan, ustedes dos estuvieron conmigo; sé que les gustó.
En la mesa en la que estábamos, en la otra punta sentaron a una parejita de británicos que habían ido. Resulté explicándoles a ellos un par de cosas de lo que estábamos presenciando. Una de ellas fue de qué se trataba ese tango (Por Una Cabeza).
En un momento dado anunciaron el “Tango de Tangos”. Yo no dudaba de qué tema se trataba. Es más, recién le había dicho a Sammy que veía posible que terminaran el show con ese tema, La Cumparsita.
Sin embargo, el broche de oro no fue La Cumparsita.
El broche de oro fue cuando una mujer salió a cantar “No Llores Por Mí, Argentina”, la canción dedicada al icono femenino de Argentina, Evita Perón.
La artista que estuvo a cargo de esta canción no la cantó, la interpretó, que no es lo mismo. En un momento dado era como si se hubiera sumergido un poco en la emoción de lo que estaba cantando. Me pareció como si hubiera lagrimeado un poco. Faltando un poco para el final de la canción, los demás artistas participantes en este espectáculo de show salieron con banderas de Argentina en sus manos, y bordearon ambos lados del salón donde estábamos todos sentados alrededor de mesas. Ahí si lagrimié yo.
Una vez terminó el show, nos fuimos para el barrio Palermo, que era donde nos estábamos hospedando, pero no fuimos al apartamento, sino que fuimos en busca de unos bares que me habían recomendado.
Resulta que el bar que buscaba estaba cerrado. Fuimos a otro que estaba de segundo en mi lista, ‘Tres Monos’. No sabia yo que uno de esos sitios que catalogan negocios en Internet, tenia a este bar como numero 27 entre los 50 mejores del mundo. Ignoro el criterio que usan, pero parece que es bastante aceptado este “ranking” (Investigué y, coincidencialmente, en la lista de este año aparece, de numero 10 un bar de Cartagena que se llama ‘Alquímico’).
En este bar pedimos tres cocteles del menú, y Correa le dijo a la muchacha que nos atendió que lo ‘sorprendiera’. A final de cuentas no tuvimos consenso en cuanto a los cocteles. A mi me gustó el mío; me parecieron muy suaves los de las muchachas, y me pareció interesante el de la ‘sorpresa’ de Alejo. Sammy me dice que, en general, ninguno estuvo ni muy bueno, ni muy maluco.
En fin, podemos decir que tomamos cocteles en el 27avo mejor bar del mundo…
Esta es la hora que no me cuadra todo lo que hicimos el día siguiente. De donde sacamos tanto tiempo? Fuimos entonces una parte que se llama ‘Bosques de Palermo’. Allí hay varias opciones de cosas para hacer. Optamos por visitar el llamado ‘Jardín Japonés’, que es, básicamente, un parque muy bonito.
Luego al sitio insigne de Buenos Aires, la Plaza de Mayo. Esto fue como matar dos pájaros de un tiro, pues esta plaza está al frente de la Casa Rosada, que es la sede de la presidencia de Argentina. Había policía por ahí cerca, y nos dejaron parquear en un lado de la calle que decía que no se podía, para tomarnos fotos en el parque. Una vez nos tomamos todas las fotos que quisimos, nos dirigimos a La Bombonera, la sede del equipo Boca Juniors. Ese equipo es el que mas veces ha ganado el campeonato argentino. Coincidencialmente el día anterior, domingo 23, el Boca se había coronado campeón nuevamente. Una canción que escuché por allá, que sonaba como rock en español, tenía una línea que decía que la noche tenía más estrellas que el escudo del Boca. Luego fuimos a la calle Caminito, que queda como a cuatro cuadras de La Bombonera.
El primer almacén con que nos topamos después de haber parqueado el carro tenía camisetas de la selección, las del 10 y todo! No eran originales, sino copias de alta calidad, tipo las que venden también en Colombia. Eso sí, tenían todas las 3 rayitas de Adidas… (algunos me van a entender)
Compré mi camiseta, y le compré una a mi hijo David.
Seguimos entonces a la calle Caminito. Esa sección es realmente más bonita y llamativa que lo que uno ve en las fotos. En ese área pudimos ver algo que mencioné atrás, en el tema del show de tangos: Negocios con tarimas afuera que tenían parejas bailando tango.
De Caminito regresamos, una vez más, a Puerto Madero. Encontré en mi teléfono un puente peatonal digno de que fuéramos a verlo y cruzarlo, Puente Mujeres. Al llegar vimos que estaba cerrado por mantenimiento, así que nos sentamos en un negocio cerca a tomar un poco más de vino.
De regreso, mis amigos pidieron que los dejáramos en el apartamento para descansar. Sammy y yo continuamos porque queríamos explorar un poquito la escena de bares de Palermo. Fuimos a dos: Uno se llamaba bar Macondo. Al ver ese nombre yo pensé que el dueño tendría que ser colombiano. La persona que nos atendió nos dijo que no, que era de un argentino. No supe la historia de porqué le había puesto así a su negocio. Nos tomamos una cerveza y nos fuimos a otro que había al frente, que tenía la palabra ‘Cervecería’ en su aviso.
Este otro bar tenía un ambiente mucho mas agradable. A estas alturas ya había yo establecido un conocimiento básico de una marca de cerveza artesanal de Argentina, la Patagonia. Las dos que probé, una IPA y una roja, me parecieron muy buenas.
Bueno, otra cerveza en este sitio y decidimos irnos al apartamento.
Nada que topábamos con el argentino que nos habían dicho en Colombia…
Se nos llegó el ultimo día antes del viaje de regreso. Ya habíamos visto prácticamente todo lo que teníamos en nuestras listas. Sammy fue la que nos dijo que fuéramos a ver algo que se llama ‘Floralis Genérica’. No sé, vean las fotos y piensen si no es esta escultura algo más que genial…
Cerca a esta escultura mecánica (los pétalos abren guiados por unos receptores de luz solar que hay en el centro de la estructura) había una escultura de Botero, leímos por ahí. La buscamos y la encontramos. Se llama ‘Torso Masculino’.
Nos dirigimos, entonces, al cementerio de la Recoleta, que es donde descansan muchas personalidades importantes de Argentina. Entre ellas está Eva Duarte, mejor conocida como Eva Perón, o Evita.
Muchos mausoleos de este cementerio son obras de arte sobresalientes. Mi interpretación es que ese derroche de dinero y arte representa el festejo de la vida de quienes moran tal o cual cripta. Pensé que no importa las bases de fe de cada quien, este cementerio es un sitio muy digno de recorrer.
De acá regresamos a Puerto Madero, pues queríamos ver el mar. Había encontrado cerca un bar llamado ‘Barbarroja’, justo a la orilla de una entrada del mar. Fuimos a ese sitio y estuvimos cierto tiempito ahí, pues nos esperaba una de mis metas principales de este viaje, que era comer entraña en uno de los restaurantes de más renombre, sino de pronto el más famoso, La Cabrera.
He de hacer un paréntesis acá para explicar la historia de ms ganas por ir a ese restaurante.
Hace aproximadamente un año, conversando con un amigo de adolescencia que por cuestiones de su trabajo fue a la ciudad donde yo vivo, le comenté lo del plan de mi hija, y la intención de mi esposa y mía de ir y vernos con ella en Argentina. Lo único que recuerdo que mi amigo Fabio me dijo al respecto, fue que no podía yo venirme de ese país sin haber ido al restaurante La Cabrera.
Otras dos personas con quienes también había hablado de este viaje, a quienes les había pedido sugerencias, me mencionaron este restaurante específicamente. Me pareció interesante que estas tres personas, que no se conocen entre sí, me hubieran recomendado el mismo restaurante.
Regreso a la narración: Correa nos había dicho que estaba muy lleno, que no quería mas carne, que lo lleváramos al apartamento, o que ellos nos dejaban en el restaurante y después nos recogían. Yo no recuerdo haberles insistido para que cambiaran de opinión, simplemente expliqué lo que me habían dicho mis amigos. Sammy les dijo que fueran, que se podían pedir una ensalada o algo así. Creo que lo que cerró esa transacción fue que Sammy les dijo que como teníamos que comprar unas ultimas cositas, que fueran con nosotros y que caminábamos cerca del restaurante para conseguir lo que nos faltaba. Dijeron que si y se fueron con nosotros.
Cuando llegamos al restaurante, una serie de eventos pasaron que subrayaron la suerte que a veces se le puede presentar a uno. El restaurante tiene horario ‘feliz’ (lo que los gringos llaman el ‘Happy Hour’), que era de 6:30 a 8. Eso era otra cosa, yo realmente no sabía el horario del restaurante. Las horas esa tarde eran muy importantes para nosotros. Nuestro vuelo salía a las 5:15 de la mañana. Debíamos estar en el aeropuerto 3 horas antes, a las 2 y media al menos. Teníamos que devolver el carro rentado que teníamos. O sea, estar en el aeropuerto como a las 2. El aeropuerto estaba como a 40 minutos del apartamento, entonces debíamos salir a la 1 y media, a mas tardar. La bañada hacía que nos tuviéramos que levantar a la 1 a más tardar. No habíamos empacado todavía. Yo pensaba que si descansábamos al menos 4 horas, lo podíamos hacer. O sea que nos debíamos de acostar como a las 9.
Yo estaba haciendo toda esta matemática en mi cabeza, y pensaba que si íbamos al restaurante a las 5 y media, nos cuadraba todo para poder dormir un poco más. Pues la primera sorpresa fue la del horario del restaurante. Nos dijeron que volviéramos a las 6 y 10 para que nos pusieran en la lista. Mientras tanto, caminamos por ahí cerca en Palermo.
Le pudimos mostrar a Alejo y a Claudia la zona de los bares donde Sammy y yo habíamos estado la noche anterior. En el almacén donde compramos lo que nos hacia falta, trabajaba una muchacha de Santa Marta!!! En este sitio compré también una copita de Mafalda que la vi perfecta para mi colección.
Los minutos pasaban y pronto fue ya tiempo de volver al restaurante. Ya Claudia y Alejo habían decidido quedarse con nosotros. Pienso que de pronto haber visto de primera mano la exclusividad de ese sitio los hizo recapacitar y decidir no perderse de esa experiencia.
Sorpresa dos para mí: La lista para entrar al restaurante se llenó muy rápido. Mas tarde me daría cuenta el porqué de esto.
Se llegó el momento y entramos. El mesero que nos atendió no tenía como mucho ‘don de gente’. Nos pareció tosco, un tanto rudo. Sin embargo se le puede abonar al señor que cuando estábamos ordenando, nos sugirió una entraña para compartir entre Claudia y yo, que pedimos ese plato. Yo pedí una, tal cual aparecía en el menú, y Claudia pidió media, que también estaba en el menú.
De haber sabido el volumen de carne en mi “una”, por supuesto que hubiéramos pedido no mas ese plato para los dos, y hubiera sobrado.
Mi “una” eran tres pedazos de entraña, cada uno cual uno esperaría en un plato.
Creo que estuve literalmente en el cielo con el primer bocado de mi carne que mastiqué. Es extraño, pues no tenía sal. Según entiendo es algo que muchos chefs argentinos hacen hoy en día: No salar la carne, pues al parecer la sal genera una reacción de pérdida de jugos de la carne mientras se está asando. Entonces la asan simple y le dan sal al comensal para que él (o ella) la sale a su gusto.
De todos modos, simple, sin aliños y todo, esa carne me supo a cielo.
Fue como después de haberme comido medio pedazo de los 3 en mi plato, que le pregunté al mesero si una de las salsas que había traído con mi plato era chimichurri. Me sorprendió al decirme que no, que ya me traía. Me sorprendió porque yo asumí que en Argentina no servían carne sin chimichurri…
Cuando me trajo el chimichurri y lo probé con la carne, estoy seguro que se me humedecieron los ojos de la emoción. Dos cosas: Uno, que cosa mas deliciosa, mas celestial! Dos, me pareció que se asemejaba algo a mi chimichurri. Seguramente fue una comparación errónea, pero pues eso fue lo que me pareció.
Alejo había dicho hacía algunos minutos que ya, que estaba requeté-lleno. Sin embargo, cuando me trajeron el chimichurri y expresé mi sorpresa, el man me mentó la madre porque prácticamente lo estaba obligando, sin decir yo nada, a comer un poquito más.
Esta es la hora que creo que mis amigos agradecen haber decidido ir con nosotros a ese restaurante.
Cuando nos trajeron la cuenta pude entender el porqué de la popularidad de este restaurante caro un lunes. Era que en ese horario de “Happy Hour” aplican un descuento de nada mas que el 40% en los precios que aparecen en el menú. Esto fue otra casualidad que jugó muchísimo a nuestro favor.
Al salir del restaurante, yo fui el último de nosotros. Le hablé al mesero (el que sufría ausencia de carisma) y le comenté mi sorpresa y gusto por el chimichurri; le dije que no había entendido su sugerencia de un plato para dos personas, hasta que me trajeron el mío tan gigante. El señor sonrió y me dijo que lo alegraba que me hubiera gustado todo.
Los tiempos los manejamos muy bien el resto de esa noche. Llegamos a tiempo al aeropuerto, gracias, en mucha parte, a la navegación que estuvo haciendo en todo este viaje Correíta. Si, dos o tres veces me dijo “Derecha” cuando ya la derecha estaba detrás de nosotros; pero de no haber sido por sus indicaciones en el 95% del tiempo, no hubiéramos podido completar la mitad de lo que logramos hacer.
Y nunca dimos con el argentino que nos decían en Colombia. Ese prepotente, pedante y fantoche. Absolutamente todos los argentinos que conocimos eran muy buenas personas. Cual de todos más bacano y amable! Es un error decir “los argentinos”, solamente basado en algún comentario feo que se le oyó algún día a Riquelme. Nuestra idea de la gente de este bello país es ahora totalmente opuesta a lo que se dice en Colombia. Para nosotros, Argentina es un país de gente muy bacana, sencilla, amable.
Agradezco a mi hija por haber tenido la idea de hacer excursión por el sur de Sudamérica.
Agradezco a mi esposa por haber planeado esta aventura de una forma tan eficiente, tan genial.
Agradezco a mis amigos, Claudia y Correíta, por dos cosas: La dinámica de amistad y cariño que construyeron con mi hija, y el haber decidido vivir esta aventura con Sammy y conmigo.
Hay paseos y hay PASEOS. Éste fue uno de los segundos.














